Bienvenido

Bienvenido: Te hallas, amigo lector, ante una puerta mágica que comunica entre el mundo ordinario y el mundo extraordinario, que de alguna manera coexisten desde el principio hasta nuestros días, en la región de Acayucan, La Llave del Sureste, pueblo ubicado en el sur del estado de Veracruz, México.

Al trasponer esta puerta serás testigo de acontecimientos realmente prodigiosos que aquí son cotidianos. Así te enterarás sobre la fe que profesan los acayuqueños en la existencia de un río subterráneo que atraviesa la ciudad; sobre el brujo nagual que creyéndose todopoderoso retó a pelear a un hombre desconocido, común y corriente, resultando de ello un desenlace inesperado; o te encontrarás inmiscuido en una extraña aventura donde participan esencialmente los grandes salvajes. Y con el transcurso del tiempo, poco a poco, conforme avances en la exploración de la vasta y maravillosa geografía de acayucan, descubrirás, oirás, verás y vivirás más de sus historias, cuentos, mitos, leyendas y otras narraciones ciertamente asombrosas.

lunes, 3 de julio de 2017

Mi visita a un hospitalizado





Reginaldo Canseco Pérez

E
l rumor de la desgracia corrió por toda la vecindad en la mañana de hoy lunes. «—¡Don Bernardo se cayó de un palo de coco!» Mi mamá fue por la tarde a visitar a doña Macaria, la mujer de don Bernardo, para preguntarle si era verdad o mentira esa noticia. Cuando volvió a casa la vi entrar por la «tranca» (así le nombramos a la reja de palos que sirve de portón al patio, que se halla cercado con plantas, postes y alambre de púas), apuradita hasta alcanzar el corredor trasero que sirve de cocina a nuestra humilde vivienda. Ahí sentados a la mesa, tomando café, estaban mi papá y dos de mis hermanos de en medio, mayores que yo porque yo soy el menor de todos. No llegaba todavía ante ellos, y ya estaba diciéndoles con cara y voz de preocupada:
¡Es cierto! ¡Es cierto! ¡Don Bernardo se cayó ayer de una palmera de coco!
En aquel momento yo andaba en el patio, hurgando maravillado sus rincones, a poca distancia del corredor, descubriendo y volviendo a descubrir, como lo hago todos los días, el mundo nuevecito que me rodea: los árboles verdes, la sombra fresca cargada de misterio bajo el follaje de éstos, las diferentes lagartijas con sus colores variados y brillantes, el sol que alumbraba el día y que se filtraba entre las hojas, proyectando caprichosas figuras de luz en el suelo, lo sinuoso del terreno y todo aquello que me causaba asombro; y absorto con todo esto no me había dado cuenta cuando mi mamá salió y no le di mayor atención cuando la vi regresar; tampoco me había enterado hasta entonces del rumor del accidente. Pero en cuanto la oí pronunciar aquella noticia salí del encantamiento en que me hallaba atrapado desde su primera palabra: «!Don Bernardo se cayó de una palmera de coco…!»  Instantáneamente imaginé a don Bernardo desprendiéndose y cayendo vertiginosamente desde lo más alto del palo de coco y de inmediato dar de golpe y porrazo en la tierra. Yo conozco las palmeras de coco porque las veo todos los días en el patio de enfrente. A veces me quedo mirando impresionado lo altííísimas que están. Contemplo cómo el sur o el norte, según la época del año, las mece con furia y las palmas que la coronan inalcanzables ondean en el azul cielo o en las nubes blancas u oscuras que se deslizan lentamente detrás de ellas. «Los zopilotes cuando andan volando muy, muy arriba, comienzan a planear en círculos concéntricos tan pronto sienten que va a llover, descendiendo poco a poco para finalmente guarecerse en las ramas de los altos árboles de cedro que están al fondo de nuestro patio y en los otros patios. A mí  me gusta ver la manera en que vuelan, ¿por qué nosotros, los humanos, no podemos volar? A mí se me antoja sobrevolar como ellos; me imagino volando allaaaá arriba y mirando para abajo…»
—…Me dijo doña Macaria que habían contratado a su marido para que cortara cocos el domingo en el barrio Tamarindo. Que se encaramó a la palmera como chango, sin maneas, como es su costumbre. Nomás llevaba guindando de la cintura la cuerda larga con que bajaría los racimos de cocos que iba a cortar; llegando allá arriba se agarró de la primera penca de palma que vio, para impulsarse y terminar de subir, pero la penca no lo aguantó y se desgajó a medias y él estuvo a punto de caer al vacío ahí mismo; pero lo ayudó que de  inmediato pudo abrazarse al palo de la palmera y como le era imposible reanudar la subida no le quedó otra que dejarse escurrir de este modo, abrazado así, para intentar apearse; pero se venía raspando y quemando con la fricción del deslizamiento el pecho, la barriga, los brazos y las piernas, pero sobre todo la barriga, y antes de la mitad ya no aguantó y se soltó. Primero cayó contra la copa de un naranjo y después contra un cerco con «tela» para encerrar pollos, que amortiguó algo la caída, e inmediatamente azotó cerca del tronco de palmera. ¡Fue un milagro que no quedó muerto! Lo fueron a recoger los enfermeros de la Cruz Roja y la ambulancia se lo llevó al hospital civil, desmayado ¡pero vivo!
Mi papá y mis hermanos oían a mi mamá sin interrumpirla, allí parada frente a ellos, enterándolos completo de aquella desgracia. A mí, lo que más me impactó y sorprendió en el primer momento, más que la mala noticia, fue la reacción que vi en ellos en mi papá y mis hermanos. Pude distinguir claramente desde donde me hallaba mirándolos, asombrado, cómo al oír la noticia se obscurecían sus caras súbitamente de arriba abajo como si una nube negra pasara en ese segundo sobre sus cabezas, a pesar del sol de la tarde y el cielo azul. «…Ah, también me gusta muuucho contemplar el ocaso. Con él llega un instante mágico en que ya no hay luz pero tampoco oscuridad: es el paso entre el día y la noche. Yo, muchas veces, me he parado al anochecer a mitad de mi calle (puedo hacerlo porque por mi calle no pasan automóviles) para poder contemplar a mi gusto la llegada de ese momento sin que los árboles de mi patio me estorben, tratando con toda mi concentración posible de eternizarlo o de alargarlo para ver el momento exacto, preciso, en que el día se vuelve noche…; pero nunca, ¡nunca!, lo he conseguido.
«En esa hora también ocurre otro prodigio: los árboles de mi patio y de todos los patios que me rodean, hasta donde mis ojos alcanzan a ver, se cunden de  miiiles de pájaros de todas clases y colores: pericos, zanates, pijules, zopilotes, primaveras, cuácaras, torcazas, pecho amarillos y otros; es el momento en que buscan refugio en medio de ensordecedora algarabía entre las ramas para pasar la noche».
Casi al final de la información proporcionada por mi mamá mi papá preguntó intrigado que, puesto que doña Macaria no estaba presente en el lugar y tiempo del accidente, ¿cómo era posible que supiera con detalle el modo en que su marido cayó? La respuesta de mi mamá fue rápida: porque el mismo don Bernardo se lo había contado en cuanto pudo medio hablar con ella horas después de su percance.
¡Pobre de don Bernardo; en varias semanas no podrá trabajar! ¿Cómo va a hacer para la manutención de su familia? —comentó afligida mi mamá.
—Su mujer puede trabajar aunque sea lavando ropa ajena, mientras se recupera Bernardo le respondió mi papá.
Mañana voy a visitar a don Bernardo en el hospital terminó diciendo ella.
Nadie volvió a mencionar el suceso en el resto del día y yo me olvidé por completo de ello.

Hoy ha amanecido como todos los días anteriores: alegre y lleno de sol. Mi mamá nos ha dado de desayunar temprano. Alístate, que vamos al hospital para visitar a don Bernardo, me dice ahora. Toda la vecindad aprecia a don Bernardo, pero principalmente mis padres; la amistad que hay entre las dos familias, la de don Bernardo y la de mis padres, viene de viejos tiempos, antiguos, desde mucho antes de nacer yo. No hace ni un año él y su familia llegaron a vivir cerca de nosotros; compraron un pedazo de solar interior que se halla hasta el fondo, pero con acceso por nuestra misma calle, en barrio Villalta. Enseguida don Bernardo paró una casita de barro, con un corredorcito al frente, todo con techo de lámina de cartón negra. A partir de entonces él y su familia reciben en ese corredorcito las visitas de sus parientes y amigos al refrescar la tarde. Él es trabajador, honrado y responsable, dicen todos aquí en la vecindad; y que acepta cualquier trabajo que le ofrecen por muy difícil o peligroso que sea con tal de llevar unos centavos a su familia, hasta el de encaramarse a las palmeras más altas para cortar cocos, como lo ha hecho muchas veces. Pero ahora se cayó.
Mi mamá ha terminado de peinarme; ella y yo estamos listos para ir a visitar a don Bernardo que está hospitalizado.
Camino junto a mi mamá. El hospital está al otro lado del pueblo, en la parte sur. Lo sé porque otras veces, en mis seis años de edad, me han llevado para que me den purgantes. Ahora hemos llegado. Entramos. Seguimos por un laaargo y frío pasillo en penumbra que se adentra en dirección a donde sale el sol, con puertas a derecha e izquierda; doña Macaria le ha de haber explicado a mi mamá cómo encontrar el cuarto donde se recupera don Bernardo. Al fin nos detenemos, ingresamos a nuestra izquierda, a una sala con muchos enfermos; ahí, en la parte central, entre las hileras de camastros está encamado don Bernardo. Mi mamá se para junto al convaleciente. Lo saluda. Don Bernardo, con voz ronca y cavernosa, como de ultratumba, balbucea palabras de bienvenida, algo así como «Buenos días doña Altagracia». Yo, de una sola ojeada recorro a don Bernardo de cabeza a pies, que yace ahí, postrado, sin camisa, vendado de la cintura al pecho, sin poderse mover por el dolor. La misma impresión que me causa me impulsa a examinarlo nuevamente: es moreno, algo grueso, de mediana estatura, rústico y tiene cara indígena de raza pura. Nunca antes lo había observado con tanta atención. Mi mamá le interroga sobre su accidente. Él con voz grave, entrecortada y gestos quejumbrosos comienza a contar en dos tres palabras. Yo, al oír la primera palabra de su relato, siento renacer mi percepción y lo remiro: sí, sí, ahí está, encamado, todo enrollado de vendas, magullado… Y ya no oigo nada más; de golpe ya no soy yo, soy él, don Bernardo, desprendiéndome de lo más alto de la palmera, precipitándome al vacío interminable… y el vértigo se apodera de mí, el cuarto de hospital y todo lo que hay dentro dan vueltas a mi alrededor, inmediatamente siento náuseas y una opresión en el pecho… me falta el aire… siento que el piso bajo mis pies se hunde… estoy a punto de caer desde muy, muy alto… a un pozo sin fondo ni fin… recapacito: «¡tengo que salir rápidamente de aquí!»; salgo, mareado y con náuseas todavía; busco rápido el final del pasadizo, éste se quiebra imprevisible a la izquierda del cuarto del que he escapado y la providencia me conduce de la mano (para mi estupor y alegría) a un corredorcito con un pequeño y solitario jardín al frente y algunos retorcidos arbustos. Respiro hondo, hondo, hondo, una y otra vez, el sol de la mañana me reanima, atraen mi atención las mariposas que revolotean entre las flores del oculto paraíso que he descubierto, me sorprenden sus diversos y vivos colores; me recobro, un viento fresco y reparador sopla, ya me siento bien, como antes.
Vuelvo al cuarto de hospital, pero ya no me atrevo a entrar; espero en la puerta; un momento después mi mamá se despide del convaleciente y nos encaminamos a la salida del hospital.

Ahora ya estamos de nuevo en mi barrio, ahora ya estamos en mi calle, ahora ya estamos en nuestra casa, ahora yo ya estoy en mi patio. Empiezo a recorrerlo una vez más. Mi patio está repleto de muchas maravillas que yo voy descubriendo y volviendo a descubrir con asombro, con gozo, cada día…

viernes, 6 de febrero de 2015

De cómo don Timoteo se salvó del Gran Salvaje


Reginaldo Canseco Pérez



—En una época yo era el encargado de llevar y repartir el correo de Acayucan hasta San Andrés Tuxtla, y al volver a Acayucan venía haciendo lo mismo, pero con el correo de allá. Una vez, en el camino, dirigiéndome a San Andrés, me ocurrió una extraña aventura. Si me lo permiten, se los voy a contar. Por lo general, yo siempre llevaba buen tiempo, pero en esa ocasión me había retrasado y el atardecer me agarró entre Los Mangos y Catemaco, en la mera soledad de la montaña. Me acuerdo de ello como si ahorita lo estuviera viviendo. El Sol estaba a un paso de caer en el horizonte crispado de cerros. ¡Yo tenía que aprovechar hasta la última gota de claridad que aún le quedaba al día! Así que apuraba a mi pobre cabalgadura intentando ganar la carrera contra el tiempo, aunque de antemano sabía que todo me resultaría en balde y la noche caería pronto sobre mí como una negra cobija, que me envolvería hasta taparme la cara y los ojos.
“El color del paisaje ya no brillaba, ni estaba alegre como lo había estado hacía rato. Volví a azotar a mi caballo, que apuró el trote. Pero poco después se detuvo con las orejas paradas, resoplando nervioso, para luego encabritarse. ¿Qué pasaba…?
"En aquel momento fue cuando oí el grito… Era un grito laaargo, lejano, indescifrable, y que no pude precisar si provenía de humano o bestia. Uno tras otro, le siguieron más gritos como acercándose detrás de mí, abriéndose paso entre el monte. En cuanto los escuché cercanos desmonté de un brinco, asustado, y solté el potro con todo y carga que huyó camino adelante arrastrando la correa. A la derecha del sendero, se hallaba un arroyo; corriendo llegué ante él y lo crucé y, en la orilla contraria, me hundí en la corriente hasta el cuello y oculté la cabeza detrás de las ramas de un monte, embargado de incertidumbre.
“Entonces vi, asombrado, cómo llegó hasta la orilla del riachuelo un extraño ser entre simio y humano. ¡Era gigante, muy peludo y negro de arriba abajo; pero no tenía cola y caminaba alzado como hombre y sus formas semejaban a las de éste!; sin embargo andaba completamente desnudo. "La extraña criatura comenzó a olfatear hacia arriba, moviendo las anchas aletas nasales (su cara era como de gorila). Supo así que allá dentro del arroyuelo estaba yo escondido, el humano al que venía persiguiendo. El olor que emanaba de mi cuerpo seguramente era fuerte e inconfundible para él. Intentó meter un pie en el agua, para llegar hasta donde yo me encontraba y atraparme, pero al sentir el frío líquido lo retiró drásticamente, dando un fuerte gruñido de repulsión y pánico.
“En tanto, yo lo seguía observando con ojos y boca bien abiertos. Cuando me vine a dar cuenta, temblaba yo de temor. Era un temor que nunca antes había padecido, ni siquiera cuando andaba de rebelde bajo las órdenes de mi general Miguel Alemán González… Pero pude reaccionar y me dije en mis adentros ¡Ah qué chingao, contigo…!; ¿no qué muy macho Timoteo Herrera Aguirre?... ¡Y me armé de valor!

"En ese momento acudieron a mi memoria historias viejas que había yo oído a lo largo de mi vida; por ellas pude identificar a ese raro espécimen: ¡era un Gran Salvaje…! Quienes me habían asegurado haberlo visto, en sus relatos lo habían descrito como una especie entre gorila y humano, pero que tenía los pies al revés, ¡como ahora estaba mirando yo que los tenía el que me acechaba! Éste caminaba de un lado a otro por la margen de la corriente, desesperado, buscando el modo de alcanzarme. Así estaba yo ocupado, vigilando al Gran Salvaje, cuando apareció, no supe de dónde, un extraño hombre vestido todo de blanco, como un ángel pero sin alas, que blandía una espada flamígera con la que aporreó a planazos al Gran Salvaje y éste escapó amedrentado por donde había llegado.
"Yo, absorto en vigilar al Gran Salvaje, no vi qué fue del albo individuo que para entonces había desaparecido. ¿Quién era aquel extraño personaje…? —¡Era el dios del agua!, ¿quién otro?, me dije en aquel momento y hoy me sigo diciendo lo mismo. Gracias a su providencial ayuda, pude salvarme de caer en las garras del Gran Salvaje, de las que nadie, ¡nadie!, en otras circunstancias, vive para contarlo como ahora yo puedo contarlo a ustedes.

“Emergí de mi refugio, escurriendo ríos de agua y con la ropa pegada, erguido cuan alto era. A pesar de mi edad, aún me conservaba corpulento y fuerte. Todavía con la impresión a cuestas, me eché a andar camino adelante acomodándome el sombrero de palma, en busca de mi caballo. Para entonces ya había entrado la noche y moreno como yo era me fundía en la oscuridad. Al menos, la luna alta y las estrellas que se asomaban compadecidas alumbraban mis pasos. Entonces tenía yo setenta y cinco años de edad. Muchos años atrás, fatigado de las correrías junto a mi general Alemán, cambié la breña y las armas por las cuatro alforjas de cuero gordas de cartas y la cabalgadura del servicio postal: comencé así a transportar y repartir la correspondencia desde Acayucan —mi pueblo natal— hasta San Andrés Tuxtla, pasando entre otros lugares por Hueyapan de Ocampo, donde reposaba algunas horas y volvía a hacer lo mismo en Los Mangos. En esa ranchería el comisariado ejidal me mudaba el caballo por uno fresco y bien alimentado. En Catemaco llegaba después de anochecer y ahí dormía; al otro día arribaba a la ciudad de San Andrés Tuxtla. Luego de reponerme, regresaba con el correo de allá a Acayucan. Como parte de mis implementos cargaba una capa de hule grande doblada y atravesada junto a la cabeza de la silla de montar, que en tiempo de tormentas me sobraba para cubrirme junto con la bestia, pero principalmente para proteger las cuatro alforjas del correo que colgaban de los costados de ésta.
“Originalmente la correspondencia era reunida en Coatzacoalcos, de ahí la trasladaban por río a Minatitlán; en donde la distribuían en caballos a Xáltipan, Cosoleacaque y Acayucan, entre otros muchos pueblos.

“Ahora me preocupaba hallar mi alazán. ¿Será que lo podría encontrar en medio de tanto bosque y cerros como había? Como a cien metros adelante del arroyo, en un recodo del camino, divisé mi caballo: pastaba tranquilamente junto a un arbusto. Tenía la punta de la rienda enredada en un brazo retorcido del árbol, como si alguien me la hubiera dejado de esta manera para que el potro no se me extraviara.

“En San Andrés Tuxtla, lo primerito que hice fue contarle detalladamente a mis amigos cuanto me había ocurrido, por muy raro que pareciera, con la esperanza de encontrar a todo una explicación ordinaria; sin embargo, ellos me dijeron:
“—¡El Gran Salvaje existe! Tiene su madriguera en la montaña, precisamente por donde tú lo viste. ¡Ten mucho cuidado! ¡No vuelvas a pasar por ese lugar de noche!
“Los hombres de Los Mangos, a partir de entonces, se turnaban para acompañarme por un buen tramo en el trayecto de ahí a Catemaco”.

—Ésta es la historia vivida por mi tío Timoteo Herrera Aguirre y que acostumbraba relatar a familiares y amigos, entre ellos a mí. Mi nombre es Laureano Milagro Vidal. Él era mejor dicho mi tío abuelo, porque era hermano de mi abuelita paterna doña Tomasa. Mi tío murió en 1960, a la edad de cien años cumplidos.

domingo, 12 de octubre de 2014

El caso de Lucrecio


Reginaldo Canseco Pérez



N

o, en serio, le juro por lo que más quiero que yo no estoy loco; usted sí que lo parece y de remate. ¡Válgame Dios! Desde que me puse a platicarle está a las puras risas y a las medias carcajadas. Aunque ha tratado de disimular yo me he dado cuenta.
Pero no tiene porqué. No son mentiras lo que he dicho. A poco cree que nomás en parrandas se acaba uno el dinero.
Yo no invento.

Recuerdo como si fuera ayer cuando conocí a Luriano. Déjeme ver dónde… ya mero me acuerdo… ¡Ah, sí, sí; ya doy! Fue en esta cantina de usted, aquí mero donde estoy ahorita, así recargado en el mostrador. Aquí comenzamos y luego seguimos la parranda, una larga parranda. La terminamos en la preventiva. Allí estábamos cuando recobramos la lucidez, todo temblorosos y crudotes. Nos dijeron que paramos ahí por borrachos. Hasta entonces vine a saber que está prohibido andar por las calles bien pedo. ¿Por qué hay, entonces, tugurios en cada esquina?, me interrogo. Luego de esa parranda nos hicimos grandes cuates. Después siguieron más juergas y nos hicimos más cuates, y un buen o mal día, ya no sé, venimos a resultar hasta compadres del alma, cuando me llevó a bautizar a mi escuincle.
Y más tarde sucedió como ya le conté, aunque no me crea y le dé pura risa.
Le repetiré la historia, a ver si ahora me la toma en serio; nomás espéreme tantito, déjeme echar una meada. Orinita vengo.

Ora sí. Pues como le estaba diciendo, juntos jalamos parejo de aquí para allá y de allá para acá, chúpele que chúpele, que
una no es ninguna…, dos es la mitad de una y tres apenas es una y como una no es ninguna, volvemos a empezar... y:
                El que al mundo vino
                Y no tragó vino
                ¿a qué chingaos vino?

Y en una de esas que me dice: “Fíjate compadrito del alma, que me urge un aval para un préstamo que solicité en el Banco; y yo pos enseguida pensé en ti. ‘No, pos mi compa, mi hermano del alma, no me puede fallar’, me dije.” Y yo que le contesto, todo atarantado por tanto aguardiente tragado: “Hizo rete bien compadre, en pensar de tan ese modo. Quién otro más que yo compadre en este caso. ¿Pa qué están los compadres, pues? Yo le firmo donde sea y para lo que sea, nomás dígame dónde y cuándo”.

Y que al otro día, apenas amaneció, nos echamos la penúltima, como quien dice la caminera y nos fuimos a sentar a las puertas del Banco, y en cuanto abrieron el changarro que entro a firmar como su aval por un préstamo de doscientos treinta mil pesos. Ni más ni menos cuando el dinero valía un resto.
¡Ah qué bruto fui! ¡Desde entonces ya no lo volví a ver, ni en los tugurios ni en las calles ni en donde alquilaba! ¡Se hizo ojo de hormiga el muy méndigo…!

¡Déjeme bajarme con un trago el coraje que siento todavía…! Para no hacérsela larga, porque ya puso cara de aburrido, la cosa fue que yo tuve que pagar al Banco, pues ya me había demandado. Pero para eso vendí mi casa y terreno donde tenía instalado mi taller de hojalatería, rematé mis herramientas, además completé con mis ahorros y de la noche a la mañana me quedé sin nada. Sin nada: sin casa, sin terreno, sin mi taller, sin mis ahorros…
Pero total, sin nada, encuerado, nací; sin nada me dejaron mis padres; sin nada dejaré a mis hijos…
Lo único que me heredaron mis padres fue mi nombre. ¡Mi horrible nombre: Lucrecio! Habiendo tantos me vinieron a llamar “Lucrecio”. Habiendo muchos nombres tan bonitos. Allí está el de Pantaleón, el de Petronilo, el de Anacleto, el de Tranquilino, el de Tosferino… o el de Pancracio, o Torcuato, o Simplicio… o si no, el de Rogaciano, o ya de perdis el de Lamberto
¡Pero yo no voy a ser el único ni el más tonto. También a mi hijo le puse “Lucrecio”!
Pero sírvame otra, que ésta ya se calentó por tanto argüende… Que al fin y al cabo

Una no es ninguna, y… 
                        el que al m...

miércoles, 10 de septiembre de 2014

El saltimbanqui


Reginaldo Canseco Pérez


U

n extraño hombre, delgado, alto y ceniciento, se halla parado en la acera. De pronto empieza a brincar grotescamente de un lado a otro y a anunciar a gritos: “¡Yo soy Pablo Neruda! ¡Yo soy Pablo Neruda!” Los curiosos se acercan. Él sigue vociferando. Los espectadores se arremolinan a su alrededor. Él continúa exclamando: “¡Yo soy Pablo Neruda! ¡Yo soy Pablo Neruda!” El espectáculo crece y se desborda, invadiendo la calle. El tránsito se detiene. Los automovilistas protestan con el claxon, aquí y allá. En el escenario, el hombre se inclina hacia la muchacha sentada en la silla, que alguien le ha provisto, y le pregunta al oído: “¿Conoces a la mamá del murciélago que ladra como araña?” Hay sorpresa, desconcierto general. Ella, al oír aquello, empieza a retorcerse. Se queja. Hace muecas. Luego sonríe. Y el saltimbanqui, satisfecho y orgulloso, da por terminado el espectáculo. De inmediato, la cotidianidad regresa al mundo.

jueves, 21 de agosto de 2014

La señorita española


Reginaldo Canseco Pérez





E

sta historia me fue contada en el 2001 por don Fernando Sulvarán Constantino, cuando tenía 87 años de edad:


“—En la época de la Colonia —empezó a relatarme—, en Acayucan habitaban muchas familias españolas.
“Una de aquellas familias españolas tenía una hija. Una señorita que era muy católica, muy devota y piadosa.
“Pero aconteció que un día, jovencita todavía, falleció. Hoy no sabemos el motivo de su deceso.
“Los años transcurrieron, como comúnmente suelen transcurrir, ‘sucesivamente y uno tras otro’.
“Al cabo de diez años —prosiguió don Fernando—, murió también un tío de la difunta. Los familiares determinaron inhumar al recién extinto en la tumba de ella. Pero al abrir la sepultura para limpiarla y prepararla… ¡oh, sorpresa! Aquello que contemplaron ojos humanos era un suceso divino: ¡el cadáver de la señorita española se mantenía incorrupto!, como si la muchacha acabara de expirar y el rostro lo tenía radiante, fresco y bello; hasta se podía creer que estaba viva.
“¡Parecía una Virgen!
“Entonces sus familiares, impresionados, corrieron a dar aviso al cura de aquel milagro, y el cura los acompañó al camposanto para comprobar con sus propios ojos, y no con los ajenos, lo que ellos le habían acabado de informar, después de lo cual les explicó: ‘Lo que estamos viendo es una obra de Dios, debido a que ella durante su vida terrenal fue muy virtuosa, no cometió pecado y todos los días asistía a misa y comulgaba’.
“Acto seguido, el párroco ordenó que el cuerpo incorruptible de la señorita española fuera llevado y enterrado en el sagrario, pues era el lugar en donde le correspondía descansar. Y así fue hecho. Ahí, una vez cumplido lo anterior, también les reveló el sacerdote: ‘Cuando muera el último de sus familiares, Dios la va a llevar consigo al cielo en cuerpo presente’ ”.


Así es como me refirió esta historia mi anciano informante. De todo lo anterior, sólo me ha quedado una pregunta: ¿se habrá cumplido ya, después de haber transcurrido algunos siglos, aquel designio divino, pues seguramente ya no sobreviven familiares de ella…?

martes, 25 de septiembre de 2012

Narraciones de otros pueblos, que he oído en mi Acayucan



Una difuntita penaba por su muñeca, en Maromilla
                                     


Reginaldo Canseco Pérez

L
os habitantes del pueblo de Maromilla, municipio de Zentla, Veracruz, conocían la triste historia sobre una huerfanita y cuando había ocasión la contaban. Una tarde, Rosalba Fadanelli Vela la oyó en voz de su tía Gloria Tress Quezada, de la siguiente manera: 

“En una humilde casa de este lugar, hace ya muchos años, vivía un joven matrimonio de campesinos; él se llamaba Martín y ella, Delia. La felicidad con la que vivía la pareja aumentó considerablemente cuando Dios bendijo el hogar con el nacimiento de una hermosa hijita, a quien bautizaron con el nombre de Camila. La niña creció con todas las atenciones y cuidados, y llena de amor de sus progenitores. Era una niña buena y educada, que respetaba y obedecía a sus padres.
“En esta forma transcurrieron algunos años. Aconteció que cuando la pequeña había cumplido seis años de edad falleció la madre. La tradición no precisa el o los motivos del deceso. El caso es que la chiquilla quedó huérfana de mamá. Al poco tiempo, ante la necesidad de una mujer que atendiera el hogar y la intención de proporcionarle una figura materna a su hija para que la cuidara, el padre contrajo segundas nupcias. Pero sucedió todo lo contrario: allí inició el calvario de Camilita. La madrastra era mala y cruel con la inocente infanta. La reñía, le regateaba la comida y muy poco la aseaba.
“La huerfanita tenía una muñeca de trapo que le había confeccionado y dejado su difunta madre. Cuando la madrastra vio que la niña le prodigaba mucho cariño a la muñeca y le hablaba y la trataba como a una bebé de verdad, y que no dejaba de jugarla y arrullarla empezó a arrebatársela y a escondérsela arriba del ropero. La huerfanita quedaba sumida en la más honda y oscura tristeza. ¡Ah! pero en cuanto el padre volvía en el atardecer del campo Brunilda (así se nombraba la malvada bruja), echaba mano de todos sus artificios y se transformaba en el acto en un pedazo de panela y fingía todo lo inverso: le demostraba mucho amor a la hijastra, la mimaba, se esmeraba en atenderla y a cada rato tenía besitos para ella y cariñosa le bajaba la muñeca para que la jugara. ¡Era una empalagosa miel real para la huerfanita en esos momentos! Pero tan pronto como el hombre se ausentaba la madrastra tornaba a su forma habitual de bruja. Era la más arpía de todas ellas.
“La pobre niña fue enfermando de tristeza y melancolía porque no le permitían jugar con su amada muñeca. Dejó de comer y se le acabó la alegría propia de una niña de su edad. Una mañana amaneció muerta. La enterraron y la madrastra actuó perfectamente su papel: lloró inconsolablemente la expiración de “su niñita”, pero por dentro sentía un gran regocijo porque ya no le estorbaría.
“A los pocos días de ello, la madrastra principió a oír que la difuntita le reclamaba la muñeca.
“—Doña, dame por favor mi muñeca, dame mi muñeca… Por favor, doña…
“Al principio de aquello, la bruja al escuchar la voz se echaba a buscar confusa y exasperada por todas partes, pero no veía a ninguna niña. Esto pasaba únicamente cuando la mujer se hallaba sola, en el día o en la noche. Era la voz de la niña muerta. Pero era una voz imprecisa, hueca, y que flotaba en el aire… o en la cabeza de la perversa madrastra. Muy rápido la cruel mujer dejó de dormir y parecía volverse loca. Se le agotó el regodeo y se le veía afligida. Desesperada porque la difuntita no dejaba de reclamarle su muñeca a toda hora en que ella se quedaba sola, se vio obligada a ir a confesarse con el sacerdote: contó todo. El cura oyó paciente y atentamente a la robusta mujer que de un tiempo para acá había empezado a adelgazar a causa del martirio que le provocaban las voces de su hijastra difuntita. Luego de lo cual, el padre le explicó detenidamente:
“—Hija mía, tu inocente hijastra murió enferma por la tristeza que le produjiste al despojarla de su compañerita de juego, la muñeca, a quien amaba entrañablemente, y se fue de este mundo al otro con este gran deseo: el de jugar y abrazar su muñeca. Ahora el espíritu de ella no puede descansar en paz.
“Ves —le exhortó— y escarbas en la sepultura hasta toparte con los restos de la niña, abres el ataúd y le entregas su muñeca: sólo así la muertita quedará en paz.”
“Hizo la madrastra tal y como el cura le aconsejó, y antes de volver a tapar la tumba se arrodilló y le pidió perdón en voz alta repetidamente a su difunta hijastra, ante las miradas inquisidoras de los peones a quienes había contratado para que la ayudaran a llevar a cabo aquello.
“Regresó ya algo tranquila a su casa, pero… ¡oh, sorpresa!, ahí arriba del ropero se encontraba la muñeca. ¿Pero cómo podía ser aquello? ¡Pero si ella acababa de meterla dentro del ataúd de la muertita! ¿Acaso no apenas había regresado de hacer puntualmente todo lo que el sacerdote le dijo que hiciera y les pagó aquí a los peones que la habían ayudado? ¿Podía estar ocurriendo que ella hubiera enloquecido sin haberse dado cuenta…? No, ella no estaba trastornada.
“La exigencia de la difuntita continuó persiguiéndola, de día y de noche, a todas horas, cuando ella se hallaba sola. ¡De nada le había valido haber realizado todo cuanto hizo en el cementerio y hasta haberle pedido perdón a su difunta hijastra!
“Al poco tiempo la malvada madrastra murió a consecuencia de una fuerte fiebre y delirando muchas incoherencias.
“El padre de la difuntita, después de acaecer todo esto, abandonó la casa. Pero los que pasaban cerca de ahí oían a la muertita rogando que le dieran su amada muñeca.
“—¡Por favor, doña, dame mi muñeca…!
                                                     ¡Dame mi…!
“Entonces los vecinos trajeron al sacerdote y éste bendijo la humilde choza de madera y palma, después de lo cual la quemaron. Sólo así se acallaron aquellas voces.”

miércoles, 12 de septiembre de 2012

En el barrio El Zapotal de Acayucan vivía un brujo que se transformaba en tigre



Reginaldo Canseco Pérez


M
e llamo Celestino Guillén Cruz. Nací a las 6 de la mañana, el 6 de abril, del año 6 [1906]. Soy el hombre de los tres 6 y pronto cumpliré la centuria, Dios mediante. Cuando yo era joven este barrio [El Zapotal, de Acayucan], en donde yo ya tenía mi domicilio, se hallaba muy poco poblado y la mayoría de las casas eran de paredes de barro y techo de palma, o zacate, y las cocinitas tenían cerca de palos y techumbre de hojas de verijáo, que ahora denominan hojas blancas, a las cuales el mismo humo de los fogones hacía durables. Solamente había una que otra casa de ladrillo y teja. Allá, en la parte norte de esta calle Independencia, que entonces aún no abrían, en la mera loma, entre el monte, vivía un hombre que era nagual: se trasformaba en tigre. El brujo se llamaba Victoriano y poseía dentro de su jacal de techo de palma y paredes de palos tres piedras planas dibujando un triángulo. Cuando quería convertirse en tigre, allí brincaba de una en una piedra y luego se flagelaba las espaldas con un bejuco que nombran “tripa de pollo”. ¡Era ya un tigre! ¡Un tigre grande! Pero hacía esto cuando miraba pasar a una mujer que era su querida rumbo al pocito El Amate, que se ubicaba adelante del manantial El Chorro, al oriente de este mismo barrio, cargando su batea de madera y su ropa para lavar. Poco después, detrás de ella, aquel tigre llegaba al pocito, y las otras mujeres que estaban allí se espantaban y se desparramaban huyendo del lugar. Pero la querida del nagual se quedaba.
Victoriano, el nagual, en una temporada nos acompañaba a Epifanio de Jesús, que era mi compadre, y a mí a hacer milpa juntos los tres en donde ahora es la colonia urbana La Chichigua. Antes de que llegáramos allá, aparecía volando un tecolote y se paraba sobre el sombrero del brujo y un enjambre de chupamirtos que venía siguiéndolo lo alcanzaba y revoloteaba alrededor del ave de mal agüero queriendo pelear con él. El tecolote nada más pelaba los ojos, impávido, oteando a uno y a otro lado.
El brujo miraba que nosotros teníamos miedo y se reía a carcajadas: —¡Ja, ja, ja… ja, ja, ja, já! Luego nos decía:
—¡Qué, no tienen huevos, cabrones! A ver, escúlquense bien a bien para que se den cuenta si tienen. ¡Si se los tocan es que tienen!
Después de un rato, se retiraba el animal y también los colibríes. Esto pasó varias veces, no una. Posteriormente mi compadre y yo dejamos de ir a la milpa, por el temor que nos inspiraba el brujo.
Cuando éste murió, en la noche que lo estaban velando, en un momento dado todos fueron a comer y lo dejaron solo; al volver, la caja que lo contenía ya no estaba donde la dejaron ¡y se echaron a buscarla alborotados!: la encontraron debajo de la sombra de un árbol de mango, en medio de la oscuridad, en el fondo del patio. Al otro día, cuando lo cargaban para llevarlo a enterrar, en el camino empezaron a oír un ruido raro que se escurría de adentro de la caja, como si rascaran:
“RAZ, RAZ, RAZ…
               “RAZ, RAZ, RAZ…
¡Aquel muerto no llegó al descanso del panteón! En cuanto sentaron la caja en el descanso, apurados miraron por la ventanilla… ¡YA NO ESTABA EL MUERTO! Todos nos santiguamos temerosos y le rezamos repetidamente para alejar el mal, y enterraron la caja vacía. ¡La pura caja vacía!
Ese día y en los días subsiguientes, sus familiares se cansaron de tanto buscar y rebuscar al muerto sin encontrarlo y finalmente se olvidaron del asunto. Uno a uno se fueron acabando y hoy ya no vive nadie de ellos, ni uno siquiera, que sepa la tétrica historia para contarla.