BIENVENIDO:

Te hallas, amigo lector, ante una puerta mágica que comunica entre el mundo ordinario y el mundo extraordinario, que de alguna manera coexisten desde el principio hasta nuestros días, en la región de Acayucan, La Llave del Sureste, pueblo ubicado en el sur del estado de Veracruz, México.

Al trasponer esta puerta serás testigo de acontecimientos realmente prodigiosos que aquí son cotidianos. Así te enterarás sobre la fe que profesan los acayuqueños en la existencia de un río subterráneo que atraviesa la ciudad; sobre el brujo nagual que creyéndose todopoderoso retó a pelear a un hombre desconocido, común y corriente, resultando de ello un desenlace inesperado; o te encontrarás inmiscuido en una extraña aventura donde participan esencialmente los grandes salvajes. Y con el transcurso del tiempo, poco a poco, conforme avances en la exploración de la vasta y maravillosa geografía de acayucan, descubrirás, oirás, verás y vivirás más de sus historias, cuentos, mitos, leyendas y otras narraciones ciertamente asombrosas.

jueves, 21 de agosto de 2014

La señorita española


Reginaldo Canseco Pérez


E

sta historia me fue confiada en el 2001 por don Fernando Sulvarán Constantino, quien era el custodio de la misma, cuando tenía 87 años de edad:
“—En los Años del Señor —así empezó a contarme—, en Acayucan habitaban muchas familias españolas.
“Una de aquellas familias españolas tenía una hija. Una señorita que era muy católica, muy devota y piadosa. Pero aconteció que un día, jovencita todavía, falleció. Hoy no sabemos el motivo de su deceso.”
Los años transcurrieron, como comúnmente suelen transcurrir, sucesivamente y uno tras otro.
“Al cabo de diez años —prosiguió mi relator—, murió también un tío de la difunta. Los familiares determinaron inhumar al recién extinto en la tumba de ella. Pero al abrir la sepultura para limpiarla y prepararla… ¡oh, sorpresa! Aquello que contemplaron los ojos humanos era un suceso divino: ¡el cadáver de la señorita española se mantenía incorrupto!, como si la muchacha acabara de expirar y el rostro lo tenía radiante, fresco y bello; hasta se podía creer que estaba viva. ¡Parecía una Virgen!
“Entonces sus familiares, impresionados, corrieron a dar aviso al cura de aquel milagro, y el cura los acompañó al camposanto para comprobar con sus propios ojos, y no con los ajenos, lo que ellos le habían acabado de decir, después de lo cual les explicó: “Lo que estamos viendo es una obra de Dios, debido a que ella durante su vida terrenal fue muy virtuosa, no cometió pecado y todos los días asistía a misa y comulgaba.”
“Acto seguido, el párroco ordenó que el cuerpo incorruptible de la señorita española fuera llevado y enterrado en el sagrario, pues era el lugar en donde le correspondía descansar. Y así fue hecho. Ahí, una vez cumplido lo anterior, también les reveló el sacerdote: “Cuando muera el último de sus familiares, Dios la va a llevar consigo al cielo en cuerpo presente.”
Así me contó esta historia don Fernando, mi anciano informante. De todo lo anterior sólo me ha quedado una interrogación: ¿se habrá cumplido ya, después de haber transcurrido algunos siglos, aquel designio divino…?

viernes, 12 de octubre de 2012

In memoriam cómo era el parquecito Constitución



Reginaldo Canseco Pérez

En el centro histórico de nuestra muy amada y entrañable ciudad de Acayucan, La Llave del Sureste, tenemos dos espléndidos y apreciados parques: el primero y el más antiguo es el central, que lleva desde los remotos tiempos el nombre del licenciado Benito Juárez García, el indígena oaxaqueño que llegó a presidente de la República, y el otro es el denominado por el pueblo sencilla y llanamente como el Parquecito, pero llamado oficialmente parquecito Constitución.
El jardín municipal Benito Juárez se halla entre la iglesia San Martín Obispo, que se ubica a su oriente, y el palacio municipal, erguido a su occidente. Por el sur y por el norte lo acotan las calles Guadalupe Victoria y la avenida Miguel Hidalgo, respectivamente. Pero ahora no quiero abundar sobre éste (ya habrá oportunidad y mejor ocasión para ello) sino platicar un poco del Parquecito; el cual se halla ubicado al sureste del primero, a una cuadra de él, entre las calles Ocampo, Constitución y Negrete; ese parquecito todavía en la década de 1940 era un terreno baldío, que, de acuerdo a una tradición oral, había sido donado por dos o tres vecinos, hacía ya muchos decenios, para tan loable fin. En 1943 el gobierno del estado, en el centro de ese parquecito, estaba excavando un pozo profundo con el propósito de extraer y proporcionar agua a los habitantes, pero al caer al fondo y morir casi instantáneamente Francisco Flores Hernández, el trabajo fue clausurado y sepultado. A comienzos de los años 50, entre las obras que el presidente de la República Miguel Alemán Valdez realizaba en su muy querida Acayucan, donde habían vivido sus padres antes de trasladarse a Sayula, estaba la construcción del parquecito que en aquel tiempo fue bautizado con el nombre de Constitución, memorable por su original fuente, tanto que me faltarían palabras para describirla aquí. Desde entonces, el parquecito siempre fue cuidado y reacondicionado por el presidente municipal en turno, respetando su historia y el propósito para el que fue destinado; aunque, a decir verdad, la fuente tenía décadas de estar inservible. Pero las yaguas que crecieron dentro del parquecito continuaban allí. No se habían ido, no las había dañado nadie, no las habían talado. Sin embargo, terminando el 2010 y con éste el trienio municipal de Regina Vázquez Saut, la época de oro del jardín Constitución también concluyó en forma por demás abrupta y no precisamente porque le hicieran falta los besitos multicolores /que no tricolores/ de ella, sino porque como despedida, in extremis, destruyó flagrante e impunemente el parquecito, con la complacencia, aplausos y “vivas” de todos los ediles restantes /el redil que más aplauda…/, a quienes les importó un soberano comino que hasta ellos mismos ignorasen lo que supuestamente se perpetraría ahí. La cuestión es que de la noche a la mañana amaneció en el ombligo del parquecito Constitución un enorme y extraño cráter, y ahí se quedó pretendiendo alcanzar la perpetuidad. ¿Cuánto costó hacer ese ostentoso hoyo? ¿Cuánto había de presupuesto para la “obra” que entonces no se hizo ahí? ¿Qué le sucedió a ese presupuesto? ¿Es la única obra iniciada y abandonada sin terminar? (Ahora todavía el Ayuntamiento busca que el pueblo olvide todo lo anterior). Nadie estaba enterado del origen ni del móvil de aquel desaguisado. Ante la falta de información de que todavía adolece el H. Ayuntamiento Constitucional de Acayucan, Veracruz, México, aquello se convirtió pronto en una gran leyenda urbana. ¡Nadie supo, nadie sabe…! Unos decían que allí se iba a construir un teatro, ¿un teatro del retraso político? ¡Ahííííííí! ¿Teatro, “teatrito” o qué…??? ¿O tal vez aquel hueco era un monumento dedicado a esa figura política llamada "Puro teatro, circo y maroma"? Otros, que aquel gran agujero lo había dejado un cometa extraviado al caer en ese sitio, muchos que sería una pista cabrioleada para patinar al servicio de sus s…, pero además había quienes aventuraban la hipótesis de que se había empezado a perforar otro pozo para abatir de una vez por todas el rezago de agua potable en los barrios y colonias. En fin, nadie supo, nadie sabe a ciencia cierta… ¡Fue horrible, fue horrible…! Lo cierto es que la gran sima, cráter, boquete, abertura, oquedad, hoyo o lo que sea y como a usted le plazca nombrarlo, sólo ha servido hasta ahora (estamos finalizando el 2012) para tres cosas: basurero, criadero de ratas de cuatro patas y sancudos, o sea "raticultura" y “sancudicultura”, y retrete para los teporochos, es decir los “tre por ocho” /los pobres alcohólicos pobres/. Total, que todo resultó puro "teatrito" de la presidenta Regina.
¿Es ésta la forma en que el H. ayuntamiento ha cacareado el centro histórico por casi nueve años, sin hacer nada significativo al respecto? Por otra parte, el parquecito Constitución se hallaba de punta a rabo en perfectas condiciones, con aspecto agradable y solamente le hacía falta mantenimiento, siendo una real superficialidad “componer” lo que se encuentra bien compuesto o destruir lo bien hecho para volver a construir y quizá mal, habiendo como hay verdaderas prioridades en el campo cultural, social y material. Me parece ver a Penélope, mujer de Ulises, con su ingeniosa artimaña, bordando un lienzo de día, trabajo que deshacía por la noche, para volver a bordar de día, en un circulo interminable, para poder esperar el regreso del largo viaje de su esposo, pues había prometido a sus innumerables pretendientes que al terminar de bordar el lienzo elegiría a uno. Si bien el caso de Penélope no tiene comparación con el presente tema. ¡Ahora inclusive algunas yaguas del parquecito han muerto y continúan muriendo a causa de la depredación irracional que ha padecido el espacio, cuando ya de por sí es harto raro verlas! Hasta parece que los bárbaros nos han invadido.
Pero la ignominia continúa: estamos por finalizar el 2012, y el 2013 será una pura y dos con sal, dedicado por completo a la politiquería y todo cuanto se emprenda llevará ese fin. Fabiola, la actual presidenta municipal, es hermana de la anterior alcaldesa, quien hoy, así y todo, es diputada federal (su campaña electoral, priista, por cierto, para este cargo la debió haber iniciado en el centro del parquecito Constitución). A Fabiola, le ha tocado en suerte apechugar el horror garrafal que dejó su consanguínea Regina. Fabiola, inexorablemente va  acercándose al final de su trienio. ¿Podrá resarcir antes un poco de tanta torpeza hecha hasta hoy día en casi nueve años?
El pueblo exige que ahora la presidenta en funciones cumpla lo que su hermana no cumplió y deje el parquecito Constitución como estaba, eso sin traer a colación los otros tantos yerros cometidos como la también destrucción del Archivo Histórico a mediados del 2011, todo asimismo con la complicidad política del síndico y los regidores, quienes en la pura teoría pura, in abstracto, están para salvaguardar los intereses del pueblo, pero en la praxis, ¡nada más nones! Ante todo esto, ¿dónde están los líderes priistas, sociales, políticos y demás anexos y similares, que siempre andan ambiciosos por servir al pueblo, que no empiezan a desgarrarse las vestiduras y a decir: “Mea culpa, mea culpa…, por la culpa mía, por mi grandísima culpa” y a darse golpes de pecho? ¿Por qué están tan calladitos? ¿Se hallan esperando que lleguen las elecciones y sean ungidos candidatos? ¿Calladitos se ven más monitos? Sabemos igualmente que la obstinación es muy canija, y siempre hay que demostrar quién es la que manda y mangonea. Ahora, el H. Ayuntamiento, al parecer, al fin ha iniciado aunque bajo la presión de grupos ciudadanos que nunca fueron atendidos por la presidenta, muy ad hoc con sus usos y costumbres, no la reparación del daño como se pedía sino el rediseño del parquecito; ante lo cual, pregunto ¿el departamento de Obras públicas será capaz de dejar bien parada a la actual presidenta y contento al pueblo, haciendo una obra bien hecha y durable? Obras públicas, no se ha distinguido exactamente por ello, sino todo lo contrario, y como muestra basta un botón: ¡el estado deplorable en que dejaron nuestro Parquecito!
  

El parquecito Constitución antaño


El parquecito antes de fines del 2010
El mismo parquecito después de fines del 2010


martes, 25 de septiembre de 2012

Narraciones de otros pueblos, que he oído en mi Acayucan



Una difuntita penaba por su muñeca, en Maromilla
                                     


Reginaldo Canseco Pérez

L
os habitantes del pueblo de Maromilla, municipio de Zentla, Veracruz, conocían la triste historia sobre una huerfanita y cuando había ocasión la contaban. Una tarde, Rosalba Fadanelli Vela la oyó en voz de su tía Gloria Tress Quezada, de la siguiente manera: “En una humilde casa de este lugar, hace ya muchos años, vivía un joven matrimonio de campesinos; él se llamaba Martín y ella, Delia. La felicidad con la que vivía la pareja aumentó considerablemente cuando Dios bendijo el hogar con el nacimiento de una hermosa hijita, a quien bautizaron con el nombre de Camila. La niña creció con todas las atenciones y cuidados, y llena de amor de sus progenitores. Era una niña buena y educada, que respetaba y obedecía a sus padres.
“En esta forma transcurrieron algunos años. Aconteció que cuando la pequeña había cumplido seis años de edad falleció la madre. La tradición no precisa el o los motivos del deceso. El caso es que la chiquilla quedó huérfana de mamá. Al poco tiempo, ante la necesidad de una mujer que atendiera el hogar y la intención de proporcionarle una figura materna a su hija para que la cuidara, el padre contrajo segundas nupcias. Pero sucedió todo lo contrario: allí inició el calvario de Camilita. La madrastra era mala y cruel con la inocente infanta. La reñía, le regateaba la comida y muy poco la aseaba.
“La huerfanita tenía una muñeca de trapo que le había confeccionado y dejado su difunta madre. Cuando la madrastra vio que la niña le prodigaba mucho cariño a la muñeca y le hablaba y la trataba como a una bebé de verdad, y que no dejaba de jugarla y arrullarla empezó a arrebatársela y a escondérsela arriba del ropero. La huerfanita quedaba sumida en la más honda y oscura tristeza. ¡Ah! pero en cuanto el padre volvía en el atardecer del campo Brunilda (así se nombraba la malvada bruja), echaba mano de todos sus artificios y se transformaba en el acto en un pedazo de panela y fingía todo lo inverso: le demostraba mucho amor a la hijastra, la mimaba, se esmeraba en atenderla y a cada rato tenía besitos para ella y cariñosa le bajaba la muñeca para que la jugara. ¡Era una empalagosa miel real para la huerfanita en esos momentos! Pero tan pronto como el hombre se ausentaba la madrastra tornaba a su forma habitual de bruja. Era la más arpía de todas ellas.
“La pobre niña fue enfermando de tristeza y melancolía porque no le permitían jugar con su amada muñeca. Dejó de comer y se le acabó la alegría propia de una niña de su edad. Una mañana amaneció muerta. La enterraron y la madrastra actuó perfectamente su papel: lloró inconsolablemente la expiración de “su niñita”, pero por dentro sentía un gran regocijo porque ya no le estorbaría.
“A los pocos días de ello, la madrastra principió a oír que la difuntita le reclamaba la muñeca.
“—Doña, dame por favor mi muñeca, dame mi muñeca… Por favor, doña…
“Al principio de aquello, la bruja al escuchar la voz se echaba a buscar confusa y exasperada por todas partes, pero no veía a ninguna niña. Esto pasaba únicamente cuando la mujer se hallaba sola, en el día o en la noche. Era la voz de la niña muerta. Pero era una voz imprecisa, hueca, y que flotaba en el aire… o en la cabeza de la perversa madrastra. Muy rápido la cruel mujer dejó de dormir y parecía volverse loca. Se le agotó el regodeo y se le veía afligida. Desesperada porque la difuntita no dejaba de reclamarle su muñeca a toda hora en que ella se quedaba sola, se vio obligada a ir a confesarse con el sacerdote: contó todo. El señor cura oyó paciente y atentamente a la robusta mujer que de un tiempo para acá había empezado a adelgazar a causa del martirio que le causaban las voces de su hijastra difuntita. Luego de lo cual, el padre le explicó detenidamente:
“—Hija mía, tu inocente hijastra murió enferma por la tristeza que le produjiste al despojarla de su compañerita de juego, la muñeca, a quien amaba entrañablemente, y se fue de este mundo al otro con este gran deseo: el de jugar y abrazar su muñeca. Ahora el espíritu de ella no puede descansar en paz.
“Ves —le exhortó— y escarbas en la sepultura hasta toparte con los restos de la niña, abres el ataúd y le entregas su muñeca: sólo así la muertita quedará en paz.”
“Hizo la madrastra tal y como el cura le aconsejó, y antes de volver a tapar la tumba se arrodilló y le pidió perdón en voz alta repetidamente a su difunta hijastra, ante las miradas inquisidoras de los peones a quienes había contratado para que la ayudaran a llevar a cabo aquello.
“Regresó ya algo tranquila a su casa, pero… ¡oh, sorpresa!, ahí arriba del ropero se encontraba la muñeca. ¿Pero cómo podía ser aquello? ¡Pero si ella acababa de meterla dentro del ataúd de la muertita! ¿Acaso no apenas había regresado de hacer puntualmente todo lo que el sacerdote le dijo que hiciera y les pagó aquí a los peones que la habían ayudado? ¿Podía estar ocurriendo que ella hubiera enloquecido sin haberse dado cuenta…? No, ella no estaba trastornada.
“La exigencia de la difuntita continuó persiguiéndola, de día y de noche, a todas horas, cuando ella se hallaba sola. ¡De nada le había valido haber realizado todo cuanto hizo en el cementerio y hasta haberle pedido perdón a su difunta hijastra!
“Al poco tiempo la malvada madrastra murió a consecuencia de una fuerte fiebre y delirando muchas incoherencias.
“El padre de la difuntita, después de acaecer todo esto, abandonó la casa. Pero los que pasaban cerca de ahí oían a la muertita rogando que le dieran su amada muñeca.
“—¡Por favor, doña, dame mi muñeca…!
                                                     ¡Dame mi…!
“Entonces los vecinos trajeron al sacerdote y éste bendijo la humilde choza de madera y palma, después de lo cual la quemaron. Sólo así se acallaron aquellas voces.”
Pero la historia ha quedado; y ha viajado a mi Acayucan, en donde hace algunos años me fue relatada. Ahora la he transcrito aquí.

miércoles, 12 de septiembre de 2012

En el barrio El Zapotal de Acayucan vivía un brujo que se transformaba en tigre



Reginaldo Canseco Pérez


M
e llamo Celestino Guillén Cruz. Nací a las 6 de la mañana, el 6 de abril, del año 6 [1906]. Soy el hombre de los tres 6 y pronto cumpliré la centuria, Dios mediante. Cuando yo era joven este barrio [El Zapotal, de Acayucan], en donde yo ya tenía mi domicilio, se hallaba muy poco poblado y la mayoría de las casas eran de paredes de barro y techo de palma, o zacate, y las cocinitas tenían cerca de palos y techumbre de hojas de verijáo, que ahora denominan hojas blancas, a las cuales el mismo humo de los fogones hacía durables. Solamente había una que otra casa de ladrillo y teja. Allá, en la parte norte de esta calle Independencia, que entonces aún no abrían, en la mera loma, entre el monte, vivía un hombre que era nagual: se trasformaba en tigre. El brujo se llamaba Victoriano y poseía dentro de su jacal de techo de palma y paredes de palos tres piedras planas dibujando un triángulo. Cuando quería convertirse en tigre, allí brincaba de una en una piedra y luego se flagelaba las espaldas con un bejuco que nombran “tripa de pollo”. ¡Era ya un tigre! ¡Un tigre grande! Pero hacía esto cuando miraba pasar a una mujer que era su querida rumbo al pocito El Amate, que se ubicaba adelante del manantial El Chorro, al oriente de este mismo barrio, cargando su batea de madera y su ropa para lavar. Poco después, detrás de ella, aquel tigre llegaba al pocito, y las otras mujeres que estaban allí se espantaban y se desparramaban huyendo del lugar. Pero la querida del nagual se quedaba.
Victoriano, el nagual, en una temporada nos acompañaba a Epifanio de Jesús, que era mi compadre, y a mí a hacer milpa juntos los tres en donde ahora es la colonia urbana La Chichigua. Antes de que llegáramos allá, aparecía volando un tecolote y se paraba sobre el sombrero del brujo y un enjambre de chupamirtos que venía siguiéndolo lo alcanzaba y revoloteaba alrededor del ave de mal agüero queriendo pelear con él. El tecolote nada más pelaba los ojos, impávido, oteando a uno y a otro lado.
El brujo miraba que nosotros teníamos miedo y se reía a carcajadas: —¡Ja, ja, ja… ja, ja, ja, já! Luego nos decía:
—¡Qué, no tienen huevos, cabrones! A ver, escúlquense bien a bien para que se den cuenta si tienen. ¡Si se los tocan es que tienen!
Después de un rato, se retiraba el animal y también los colibríes. Esto pasó varias veces, no una. Posteriormente mi compadre y yo dejamos de ir a la milpa, por el temor que nos inspiraba el brujo.
Cuando éste murió, en la noche que lo estaban velando, en un momento dado todos fueron a comer y lo dejaron solo; al volver, la caja que lo contenía ya no estaba donde la dejaron ¡y se echaron a buscarla alborotados!: la encontraron debajo de la sombra de un árbol de mango, en medio de la oscuridad, en el fondo del patio. Al otro día, cuando lo cargaban para llevarlo a enterrar, en el camino empezaron a oír un ruido raro que se escurría de adentro de la caja, como si rascaran:
“RAZ, RAZ, RAZ…
               “RAZ, RAZ, RAZ…
¡Aquel muerto no llegó al descanso del panteón! En cuanto sentaron la caja en el descanso, apurados miraron por la ventanilla… ¡YA NO ESTABA EL MUERTO! Todos nos santiguamos temerosos y le rezamos repetidamente para alejar el mal, y enterraron la caja vacía. ¡La pura caja vacía!
Ese día y en los días subsiguientes, sus familiares se cansaron de tanto buscar y rebuscar al muerto sin encontrarlo y finalmente se olvidaron del asunto. Uno a uno se fueron acabando y hoy ya no vive nadie de ellos, ni uno siquiera, que sepa la tétrica historia para contarla.

jueves, 16 de agosto de 2012

Algunas leyendas sobre el sitio arqueológico Las Arboledas



Reginaldo Canseco Pérez

E
n plena mancha urbana de Acayucan, en el fondo y a la derecha del fraccionamiento que originalmente fue bautizado con el nombre de Las Arboledas se ubica un vestigio arqueológico que es conocido con el mismo sustantivo. La entrada tanto al primero como al segundo se encuentra a la izquierda de la avenida Melchor Ocampo norte, frente a la parroquia Virgen de Guadalupe. Antes de 1993, año en que se inició ese fraccionamiento, el espacio en su totalidad era una vieja finca antaño propiedad de don Toribio Moreno Mendoza, últimamente de sus descendientes y cuidada por don Juan Reyes, casi rodeada de otras. Todavía en la actualidad, en el 2012, la superficie continúa delimitada en la misma forma: al occidente la acotan las fincas del extinto don Agapito Ventura y de los Valentines; al norte, un extenso potrero y más allá la unidad habitacional Rincón del Bosque; al oriente, un área baldía, la avenida Ocampo que por allí finaliza y la colonia Morelos; y al sur, la parte que se dirige al centro de la población. Hoy, el sitio se ve abandonado. En los primeros años de haberse expropiado y delimitado, al fundarse el fraccionamiento, la misma gente del rumbo lo despojó de su alambrado. Gracias al importamadrismo del Honorable Ayuntamiento, que tiene la obligación de vigilar y proteger sus áreas arqueológicas, monumentos arquitectónicos, escultóricos y lugares históricos, ese sitio al parecer se halla invadido “ilegal o legalmente” en algunas partes. Para verificar lo anterior, es imprescindible y urgente que el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) intervenga y basándose en el plano original vuelva a demarcar ese espacio. En una época yo acostumbraba acudir esporádicamente al asentamiento primitivo y recorrerlo para enterarme mejor de su estructura (montículos de tierra que forman una plaza principal y otras muy pequeñas), pero, sobre todo, con la esperanza de oír lo que los vecinos referían de él, que por lo general no era gran cosa. Un atardecer de 1995 en que regresaba de una de esas excursiones, ya para salir de Las Arboledas, me topé con un jovencito al que hice plática y que dijo llamarse Víctor Manuel, vecino del vestigio, quien, para sorpresa mía, se soltó sin más a relatarme algunas consejas que había venido oyendo concerniente a esa zona:
—Por aquí se cuenta -empezó- que desde viejos tiempos bajo la sombra de un frondoso árbol de mango criollo que está junto a uno de los “cerritos” espantan, pues en sus ramas colgaron a muchos hombres en la revolución. Un señor al que una vez asustaron en ese lugar platicó: “Repentinamente empezó un fuerte viento, era tan fuerte que sacudía las ramas del árbol y hasta sus mangos caían; pero esto sólo acontecía en ese redondel. Entonces salí corriendo aterrorizado.”
“Las leñadoras y leñadores que acudían por ese rumbo, cuando todavía era finca, en diferentes ocasiones encontraron a varios niños y niñas, vestidos normalmente, que se columpiaban en los bejucos y en las ramas de un grueso y alto árbol del vestigio, como si fueran monos. Eran chanequitos y chanequitas. Porque no podían ser niños.
“En los “cerritos”, antes de que construyeran la unidad habitacional junto a ellos, por las noches se veían las bolas de lumbre. Un cazador de conejos, una noche, fue correteado por una de ellas. Otros miraban y siguen viendo que en ese terreno de pronto se alza desde el suelo una extraña luz.
“También se ven apariciones sobrenaturales. Es verdad -me dijo el jovencito, quizá al notar la incredulidad en mi rostro-; mi papá [omitió el nombre] un atardecer salió al baño que está al fondo del patio, y frente a la puerta de éste vio que pasó caminando mi hermanito menor, y lo reprendió: “—¡Qué andas haciendo acá”, pero el niño no le contestó y continuó de largo rumbo al monte. Entonces mi papá comprendió que no era él. ¡Mi hermanito en ese momento se encontraba jugando con nosotros adentro de nuestra casa! La aparición no había sido otro que un duende o un chaneque.
“Una noche, en la calle Ocampo, junto a la entrada de la unidad habitacional, un vecino miró a un hombre sin cabeza. El vecino ingresó espeluznado en su casa y en aquel instante un árbol de su patio empezó a sacudirse. ¡El espectro seguramente era el diablo!
“En otra ocasión, mi papá, antes de que yo naciera, se hallaba emborrachándose en una casa al final de la calle Melchor Ocampo, donde en esos años vivía. Al anochecer, se presentó ante él un extraño hombre, que tenía las orejas largas y puntiagudas, y le pidió que le invitara unos tragos y empezaron a ingerir juntos caguamas. En un momento dado el extraño le manifestó que iría a orinar y salió, pero éste se perdió internándose en la oscuridad, a pesar de que mi papá lo espiara. Ya no regresó. ¿Quién era?...”
Todo esto me fue relatado por aquel jovencito, que parecía tener una edad aproximada a los 13 años, delgado y de apariencia ordinaria, luego de lo cual se escurrió por la calle Ocampo, con dirección al norte, y se confundió en las sombras de la incipiente noche.



sábado, 7 de julio de 2012

Temoyo




Reginaldo Canseco Pérez

UN SITIO HISTÓRICO
Miren, de Temoyo sólo conozco lo que muchas personas me contaron cuando estaba en su última etapa de esplendor, pero realmente las nuevas generaciones y el pueblo en general no conocen qué significa este lugar para Acayucan. Temoyo, ubicado en la parte suroeste de la localidad, en las goteras del añejo barrio San Diego, es el legendario espacio en donde se encontraban los principales manantiales de Acayucan. Este sitio es muy antiguo, tan antiguo que se puede asegurar que sus manantiales se hallaban ya en aquellos primeros años en que los aborígenes prehispánicos empezaron a poblar la región y se fue conformando poco a poco el pueblo de Acayucan. Los naturales en sus migraciones buscaban el medio de subsistir, como el agua, la caza y buenas tierras para el cultivo. En ese sentido una importante zona de manantiales para ellos fue Temoyo, porque en aquel entonces se encontraba compuesto de muchos nacimientos. Precisamente por esa antigüedad contaban numerosas leyendas en relación con él. Cuando llegaron los españoles a fundar la villa del Espíritu Santo, hoy Coatzacoalcos, en 1522, Acayucan como otros tantos pueblos de sus alrededores ya se encontraba asentado en el mismo lugar que hoy ocupa. En esa época este pueblo proseguía perviviendo gracias a sus manantiales, particularmente por los de Temoyo.
En el siglo XX, el pueblo aún se abastecía de agua primordialmente para beber o cocinar en Temoyo, o la adquirían. Todavía en los 40, acudían los aguadores hasta ahí con sus burros u otras bestias y llenaban en la fuente sus latas cuadradas de agua y las iban a vender a las refresquerías y casas; las mujeres generalmente acarreaban de esa agua a sus hogares en cántaros, pero también lo hacían en latas o en cubetas. En el pueblo había norias o pozos, pero el agua de Temoyo era delgada, dulce, fría, no había otra agua como la de Temoyo, todo mundo en Acayucan prefería el agua de Temoyo; hubo hasta fábricas de gaseosas que ocupaban para ello agua de Temoyo. Una de ellas, llamada La Favorita, quedaba ubicada a mediados de los 30 en la calle Juan de la Luz Enríquez, entre la Miguel Hidalgo y la Guerrero, casi en esquina con ésta última, pero que por el 46 cambió de dueño y la trasladaron a la Guadalupe Victoria, frente al parque, con el mismo nombre. Los dueños tenían empleados que con tres burros les traían el agua de Temoyo, para hacer las gaseosas. La primera fábrica de éstas en Acayucan ya funcionaba en 1928, en la calle Moctezuma, entre la Miguel Hidalgo y la Guerrero, aunque no demoró mucho tiempo.
La gente de Acayucan entonces tenía conciencia del valor de ese bienestar que les proporcionaba Temoyo y daba mantenimiento tanto a la fuente como a los manantiales y al propio espacio. La fuente, que se hallaba en medio del área, tenía forma de cúpula y poseía cuatro cachitos de tubo, que marcaban los principales puntos cardinales, por donde brotaban los chorros de agua. La fuente se nutría de los manantiales primigenios situados en la parte sur, por medio de un tubo de fierro enterrado. En 1908, de acuerdo con la tradición, el jefe político Ángel J. Andonegui mandó erigir la fuente mencionada y también acondicionó los veneros originales en forma de tres pocitos cuadrados, con paredes de ladrillo y repello. Pero la fuente empezó a enterrarse y a principios de los 60 quedó completamente sepultada por el deslave de las lomas norte, noreste y sur-oeste. En la parte occidente de la fuente, que era la porción más baja de la hondonada, algunos vecinos habían sembrado zacatales para vender y para alimentar a sus propias bestias, lo cual contribuyó a que se soterrara aún más rápido la fuente, que fue substituida por otra que habían levantado previamente al oriente de la primera, alimentada también por el mismo tubo que sustentaba a la anterior. Esta última fuente dejó de ocuparse en los 80, por la perspicacia de que los manantiales se hubieran contaminado con el arroyo de aguas negras, antaño cristalinas, que atraviesa la extensión. El presidente municipal Maximiano Figueroa Guillén mandó construirle un largo colector y emparejar la explanada en 1993. Las autoridades municipales posteriores no hicieron absolutamente nada para rescatar y preservar la tradición de este sitio. Los terrenos, al pie de la loma sur, por la ahora calle Juan Álvarez, donde se localizan los pocitos de los manantiales primitivos, tiene muchas décadas que fueron vendidos a particulares por las honorables autoridades municipales. En 1981, años hacía de haberse perpetrado aquello, de acuerdo con los testimonios que entonces me proporcionaron los viejos vecinos inconformes por ese desatinado hecho.
Temoyo, por su topografía, su historia, el invaluable servicio que proporcionó al pueblo y la magia del lugar, no merece el abandono y el olvido en que ha quedado inmerso, sin ningún aprovechamiento de su espacio acorde con lo que fue. Sin embargo, para ratificar esa fatalidad que persigue empecinadamente a Temoyo, a fines del 2010, las autoridades municipales en turno, que se distinguieron como visionarias, ingeniosas, inteligentísimas, muy enteradas y respetuosas de la historia local y, sobre todo, cultas, modificaron en parte el relieve de esa superficie, pero sin ton ni son, deformando y dañando con eso no sólo la fisonomía original sino asimismo lo inherente, es decir el valor intangible del sitio, que es un patrimonio histórico del y para el pueblo de Acayucan.
Todo lo que he dicho hasta aquí, es tan sólo un breve preámbulo y espero que también sirva de marco a la exposición que haré a continuación de las principales leyendas que he oído en torno a este legendario lugar.

EL NOMBRE
En 1980 oí a algunos ancianos rememorar que en tiempos pasados creían que Temoyo era un ámbito encantado, por todo lo que se contaba sobre él y porque se hallaba rodeado de espeso follaje, debido a lo cual exclamaban: “¡Temo yo!”, aseverando que de ahí brotó su nombre. Uno de esos ancianos fue don Francisco Antonio Mariano, nacido en 1902. Hoy, tres décadas y dos años después, en que escribo el presente tema, aún persiste en la memoria de algunos actuales longevos esta tradición oral, como es el caso de los señores Evaristo Morales Ramírez, nacido en 1927, y Gilberto Santos Sánchez, nacido en 1928. Así, la leyenda explica a su manera el origen del nombre de Temoyo; no obstante que en realidad Temoyo se deriva de Temoayan, palabra náhuatl, que significa lugar por donde se baja, declive o pendiente. Temoyo era el lugar encantado por antonomasia de Acayucan.

LA LOMA DE TEMOYO
La loma sur-oeste es llamada desde la antigüedad la Loma de Temoyo; es la única loma del alrededor que tiene un nombre propio y es la más extensa, elevada y misteriosa. La Loma de Temoyo empezó a ser poblada allá por 1925. Los primeros vecinos de ese lugar, entre ellos don Francisco Espronceda Palacios, contaban que antes de que ellos lo moraran nadie quería vivir allí porque todos en Acayucan lo creían un cerro encantado. Entonces en aquel espacio había puro monte y bosque. Consultando hace ya algunos años a varios relatores ancianos, la mayoría viejos vecinos de Temoyo, entre los cuales se hallan doña Esperanza Joaquín Gómez, Anastacio Morales Tolentino, Gilberto Santos Sánchez, Juan Baruch Alfonso, Manuel Reyes Aguilando, Petra Castillo Culebro y Humildad Espronceda Ramírez, hija de don Francisco Espronceda, sabemos que hasta años después de haberse habitado la Loma en ese espacio seguía habiendo antiguos, enormes y gruesos árboles como los de mango manila, criollo y rosa, palo colorado, tres lomos, tepecacao, palo de hule, zapote mamey y domingo, chancarros y cafetales. Pero desde luego también había animales de aire y de tierra: loros, pito reales (los tucanes o “pico-de-canoa”), cotorros y zacua (amigo del pepe); todos éstos comían las semillitas del tepecacao. Igualmente se veían allí las chachalacas que cantaban en las lomas, las torcazas y los esquibús (que son palomas rabonas, del tamaño de una gallina). De idéntica manera se reproducían en aquel ecosistema los conejos, el venado y el mazate (estos dos últimos hacia el poniente), el zerete (que es más grande que el conejo, negro y ceniciento, y con orejas chicas), ardillas, tepezcuintles, zorros, iguanas verdes, tejones, armadillos, jabalíes (que se les veía más retirado), y por las noches atravesaban los coyotes rumbo al monte de Oluta; “era un aulladero”, me dice doña Humildad.
La parte que se tenía por la más alta en la Loma era nombrada El Pico de la Loma de Temoyo, ubicado éste en la ahora calle Francisco I. Madero, entre Belisario Domínguez y Benito Juárez, casi frente al domicilio de doña Humildad Espronceda (nacida en 1936). Punto que, al abrirse la calle e irse acondicionando, fue rebajado en reiteradas ocasiones. Refería don Francisco Espronceda, su primo hermano Juan Chontal y los otros primeros avecindados en la Loma que, antes de ser poblada ésta, en El Pico, en punto de las doce del día, en medio de las tenebrosas sombras del monte, se oía cantar a un fantasmagórico guajolote, y a las doce de la noche, en el mismo paraje, se oía rebuznar a un sobrenatural burro. Y cuando al fin fue poblada la Loma, encontraron una añejísima carreta bien atiborrada de esqueletos humanos, que posteriormente fueron sepultados en el panteón. Todos supusieron que la carreta y su macabro contenido habían sido dejados ahí por los rebeldes.
La Loma de Temoyo fue habitándose paulatinamente, al principio las contadas casitas de barro y tejas o de cercado de palos y techo de palma estaban salteadas entre el monte. Las bolas de lumbre que desde los tiempos remotos se veían allí por las noches alzarse y volar sobre los antiguos y gigantescos árboles, continuaron contemplándose en esa época y hasta muchos años después. Don Manuel Culebro Cordero, nacido en 1916, siendo joven, fue uno de los vecinos de Temoyo que veía esas bolas de fuego; en su caso las miraba elevarse por encima de un enorme árbol de mango manila que estaba en la hoy esquina de Benito Juárez y Juan Álvarez, cuando todo por ese rumbo era fincas. También había quienes las miraban, igualmente por las noches, al suroeste de Temoyo, entre las ahora colonias urbanas Revolución y Los Ramones, por el camino de Ixtmegayo, me relató don Pedro Ruperto Cruz.
En 1915 Barrionuevo se hallaba al sureste y distanciado de Temoyo, alrededor del campo de juego de beisbol, campo donde décadas adelante sería construida la escuela secundaria federal de Acayucan. Pero Barrionuevo -el último de los barrios surgidos- era entonces muy pequeño y apartado del núcleo poblacional. Para llegar a él saliendo del pueblo había que avanzar por vereditas solitarias abiertas entre el verdor y dejar atrás el barrio Cruz Verde y los manantiales de Temoyo. Barrionuevo aparece mencionado en el libro de actas de cabildos de 1915, que consulté hace muchos años en el Archivo Histórico de Acayucan, institución a la que a mediados del 2011 las incultas pero, ¡ah!, eso sí, muy pomposas autoridades municipales, en un acto de bárbaros, despojaron de su espacio, la arrinconaron y entregaron a la entera destrucción.
En la falda de la Loma de Temoyo, hoy en el fondo del patio del domicilio de don Anastacio Morales Tolentino (nacido en 1927) y su esposa Dominga Culebro Antonio, localizado en la esquina de Belisario Domínguez y Juan Álvarez, en la época en que allí era monte, de acuerdo con lo que me contaron ellos mismos, había un gigantesco y ancho árbol de mango manila, sobre el que la gente aseguraba que a las doce del día los que se hallaban cerca escuchaban que desde arriba de su copa caía un “cueramiento” (un montón de cueros) y enseguida como que lo arrastraban, pero cuando acudían a verlo, ya era un perro grande y negro.
El diablo vivía en la Loma de Temoyo, que en parte era monte, en parte mangal y en parte fincas, aun cuando ya la habían empezado a poblar. Entraba y salía por el hueco de un viejo árbol (la tradición no aclara qué clase de árbol involucra). El diablo bajaba por las noches de la Loma, especialmente en las noches calurosas, y llegaba hasta la fuente para bañarse al pie de ésta. Muchas veces los vecinos oían que a las ocho, nueve o doce de la noche alguien se bañaba junto a “La Bomba” (la fuente), pero cuando salían a ver no había nadie: era la mala hora, el diablo, que se estaba bañando. Lo anterior me fue referido años ha por varias personas sumamente ancianas, entre ellas doña Esperanza Joaquín Gómez, Ricardo Cruz Rodríguez (Don Richi), nacido en 1917, y Anastacio Morales Tolentino, vecinos veteranos de Temoyo. Empero los niños ven lo que a los adultos les está vedado: una vez, cuando don Richi tenía como 12 años, él y un compañerito -incitados por las consejas que oían de boca de los mayores- espiaron al diablo cuando se estaba bañando en la noche, pero el diablo que se hallaba encuerado, como cualquier mortal que se baña, los correteó enojado. Don Richi no sintió miedo. (Fragmento).

miércoles, 25 de abril de 2012

"El Brujo" don Faustino


Reginaldo Canseco Pérez
En el callejón Rovirosa, casi esquina con la calle 5 de Mayo -empezó a contarme un día don Eligio Fonseca Vázquez, quien había nacido en 1909-, tenía su domicilio don Faustino Villanueva. Era un hombre grande y fornido, blanco, de ojos azules y barba montaraz que precisaba rasurar cada día. Vestía calzón de manta cuyas extremidades amarraba con una cintita del mismo en los tobillos y camisa de igual tejido, de manga corta y sin cuello, como en esa época acostumbraban todavía muchos. A don Faustino -me siguió detallando- le apodaban “El Brujo”. Acostumbraba ir de cacería solo. Era misterioso. Por ello le daban ese sobrenombre. Pero también porque era culebrero, aparte de campesino. A don Faustino le agradaba conversar con don Eligio. Don Eligio vivía en la calle Moctezuma, al norte de la Guerrero y al sur de la 5 de Mayo, cerca del domicilio de don Faustino. Cuando don Faustino desde su casa lo veía pasar por ahí o se lo encontraba en la calle le decía: “-Oye viejo, ven para acá, vamos a platicar”. Y charlaban copiosa y muy entretenidamente. Así fue como don Eligio oyó de boca de él muchas de sus aventuras.
Don Faustino Villanueva, el culebrero, solía pasar por el Puente de Rieles para subir a la calle Melchor Ocampo, que estaba al este de su domicilio, y por ahí se internaba en el follaje, al norte del pueblo, cuando se le había metido en el estómago el deseo de comer carne de monte y se dirigía en busca de caza. El Puente de Rieles se hallaba en donde hoy está el actual puente de concreto, en la calle 5 de Mayo, entre las calles Aquiles Serdán y Pípila. Le daban este nombre porque encima tenía a lo largo rieles. Era originalmente un puente angosto que no excedía los dos metros de anchura y tenía base y bóveda de ladrillo, centrado en el entonces camino. Así me informó don Tomás López Macario, entre otros relatores, quien agregó que el presidente municipal Abel Vidaña fue el que lo amplió a lo que daba la calle. Los ancianos centenarios de hace algunas décadas me aseguraron que ese puente había sido una de las obras que había dejado el jefe político e ingeniero don Ángel J. Andonegui, en 1908, quien para el efecto había mandado traer los susodichos rieles a la estación de Ojapan. Todavía por 1981 ese jefe político era muy recordado por la tradición oral. Los que caminaban por ese paso acostumbraban sortear la mayoría de las veces el arroyo, que entonces era de corriente limpia, por abajo, en lugar de hacerlo por arriba, bajando y subiendo el barranco, al lado sur del Puente de Rieles, sobre un palo que servía de puente improvisado. Para muchos, ese paso era esotérico. Un día don Faustino le platicó a don Eligio el siguiente episodio:
—Un atardecer me dispuse a cruzar el arroyuelo por el barranco, como otras veces, para encaminarme en busca de animales de monte, pero al intentarlo de pronto “una sombra” de hombre que surgió de la espesura me brincó al camino y esgrimiendo amenazadoramente un machete me atajó el paso. Yo trataba de eludirlo y pasar a un flanco de “la sombra”, pero ésta me volvía a tapar el paso. “¡Quién eres! ¡Qué quieres de mí!”, le preguntaba, pero la sombra no me respondía. Entonces decidí que era mejor regresar a mi casa. El incidente se repitió por segunda vez en otro atardecer. Previendo una tercera ocasión me preparé con mis oraciones, le pinté con copal una cruz al machete en la parte superior de la hoja y fui decidido a enfrentar a “la sombra” en un atardecer en que todo empezaba a borrarse, que era cuando se me aparecía. Allí estaba aquel “hombre” esperándome, volviendo a impedirme el acceso. Yo blandí el machete curado y avancé decidido.
—¡Qué quieres conmigo! ¡Ven, aviéntate si lo que quieres es pelea!
“La sombra” pareció dudar y retrocedió unos pasos. Yo al ver aquello cobré más valor y me le fui encima, pero el bulto desapareció entre las sombras del anochecer. No volvió a presentárseme. ¡Ése fue el santo remedio!
—Una tarde -empezó así a narrarme don Eligio otra aventura de don Faustino- un hijo del culebrero, de apenas seis años de edad, cuando andaba jugando con otros niños a orillas del Puente de Rieles fue picado por una víbora. El pequeño se llamaba Evaristo. Habían encontrado la culebra venenosa y sus compañeritos lo empezaron a vacilar diciéndole que agarrara la víbora porque él era culebrero.
—¡No tengas miedo, los culebreros no tienen miedo!
—¡No qué muy culebrero!
—¡El culebrero tiene miedo!
Y el niño Evaristo hace por tocarla y la serpiente le pica la mano derecha.
Sus compañeros atemorizados rompieron el juego y huyeron desparramados. Él regresó a su casa chillando con la mano extendida, enseñando lo que le había sucedido.
La madre y los familiares del pequeño comprendieron, llenos de pavor, que ellos no podrían curarlo. ¡Y su padre, el culebrero, no se encontraba en su casa en ese momento! Esa tarde había salido de cacería. Eran como las 5:30 de la tarde. ¿Qué podían hacer? Él único que podía salvarlo era su padre, el culebrero. Entonces sus tíos y amigos de la familia formaron tres parejas de jinetes e inmediatamente partieron a buscarlo por el rumbo en donde sabían que tenía el hábito de cazar, al norte de la calle Ocampo, pero como buscando el camino de la Sierra. Atravesaron las fincas de café y las milpas y arribaron al encinal de Cuapechapa, a la altura del hoy hotel Las Hojitas. Para eso ya había oscurecido, allí se repartieron en tres direcciones y a gritos lo llamaban. No lo encontraron por ningún lado, y regresaron abatidos por la derrota.
Estaban de regreso en el domicilio del niño apesadumbrados, comentando la infructuosa búsqueda del culebrero (para entonces ya eran las 12 de la noche y el niño se encontraba inconsciente y con la mano y el brazo hinchados, casi en agonía), cuando, en la noche cerrada, se holló nítidamente el golpeteo de los cascos de una mula que se acercaba por la parte norte del callejón Rovirosa. ¡Era el culebrero, el padre de Evaristo! Llegó, se apeó e inmediatamente fue informado en rueda de la tragedia. Él se metió a la casa y auscultó a su hijo y con mucha calma y parsimonia dijo:
—¡Con tan poco se espantan! No es nada, es un piquetito -en tanto le untaba un poco de su saliva al enfermo en el piquete. Esa era la forma en que preparaba a los que iba a curar por la mordedura de víbora si los encontraba en la calle, frotándole su saliva en el piquete; después acudía al domicilio del paciente o los citaba en su casa para terminar la curación. Seguidamente don Faustino preparó un brebaje y una pomada con hierbas, pero desde que le talló su saliva su hijo empezó a reaccionar y a volver en sí. Luego le dio a beber la infusión y a curarlo con la pomada, pero antes lo sobó y le chupó la herida. Al día siguiente el niño Evaristo amaneció completamente sano.
Aquella misma noche, los parientes del niño le hicieron saber al culebrero que lo habían ido a buscar en el monte para que se diera prisa en regresar y curara a su propio hijo, pero que no lo habían encontrado.
—¡Allí andaba yo! -les respondió él.
—Todos te gritamos para que nos oyeras.
—No los oí, no oí nada. Sólo escuché ya tarde que una voz me dijo: “Regrésate, porque te necesitan en tu casa.”
Entonces fue que regresó, aunque no había cobrado todavía ninguna pieza. Andaba solo porque nadie quería acompañarlo. Decían que tenía pacto con el diablo.