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| San Martín Obispo. Foto: Reginaldo Canseco |
Reginaldo
Canseco Pérez[1]
n la fiesta titular de
Acayucan, Veracruz, cuyo día principal es el 11 de noviembre; en toda la semana
que demora y hasta mucho después, las calles de la ciudad se llenan de
algarabía y gritos:
—¡Ese arriero tiene miedo!
/¡Ese arriero no corretea!
O bien:
—¡Ese arriero /calzón de
cuero /mete la mano /y saca dinero!
O de este otro modo:
—¡Ese arriero mula /ni patea
ni recula/ni me lleva pa Sayula!
O así:
—¡Ese arriero pata peluda/si
ves a tu hermana /me la saludas!
Entre otras voces que se han
impuesto al folklore. Estos «insultos» van dirigidos a los integrantes de la
danza de Arrieros y Morenos que recorren la ciudad de un lado a otro, de cabo a
punta, de barrio a barrio, de colonia a colonia, ofreciendo el baile, que
ejecutan frente a los domicilios, o en el patio de los mismos, a cambio de una
cuota.
Los arrieros y el Torito
reaccionan correteando a las muchachas, jóvenes y niños que les dan ocasión
para ello, y aunque no se los proporcionen, pegándoles de chicotazos y
corneándolos, si acaso los alcanzan. ¡Y es el alboroto de éstos huyendo!
La danza está integrada así:
El director y organizador
del grupo se denomina coime[2].
Éste es el tamborero y dueño del instrumento de percusión[3]. Participan por tradición sólo hombres[4].
En las primeras décadas del
siglo XX el vestuario del arriero consistía en máscara de madera, de chicale o
de cuero curtido, que representaba rostro de hombre; un sombrero de ala gacha,
una boca manga de hule[5], un par de polainas, un pedazo de mecate
o una tira de cuero crudío, o un bejuco de regular extensión y un palo corto[6].
El moreno, por su parte se
viste de mujer: para ello consigue prestado un vestido. Antes, por los años 20,
las buenas mozas tenían cierta rivalidad entre ellas por darle a su novio el
más bello vestido, nuevo y limpio, para que fuera el mejor disfrazado[7]. Completa el atuendo con una máscara de
uno, dos o varios colores agregados por medio de costuras, y se pintaba encima
de la máscara como lo hace una mujer que se maquilla: los labios de rojo, y
cejas y pestañas de negro, y para ello recurría al lápiz tinta y carbón; luego
se adornaba con un tocado confeccionado con un sombrero arriscado cubierto
primorosamente con papel de china, un espejito circular en la parte frontal, y
listones multicolores que le caían en coqueta cascada; se colocaba imitaciones de
pechos femeninos, medias aseguradas con ligas anchas[8] y calzaban zapatillas de medio
tacón, tenis o huaraches y, por último, llevaba en la mano un palo adornado con
algunos cintas. Éste podía ser, como en el caso de los arrieros, de frutilla,
limón, naranjo, o de pata de vaca, cuyo sonido al entrechocarlo en la danza se
oía lejos y bonito[9].
Los otros personajes y
elementos de la tradición lo constituyen el Torito y el Caballito, y, por
supuesto, el tambor.
El armazón para hacer tanto
el Torito como el Caballito es de caña de otate del llamado verde porque del
amarillo no sirve (se apolilla rápido). Para cubrir al Caballito se usa satín y
tusor de colores. Antes otros recursos para esto eran el charmés y la tela de
espejo que, lo mismo que el satín, eran de naturaleza brillosa. El Caballito
lleva también listones coloridos, espejuelos, cascabeles, cola y no le falta el
frenillo. Para cubrir al Torito se ocupa cuero, manta y costales, cola de
cuerda de ixtle, pintura y dos cuernos de toro. La estructura de ambos
representa sólo el cuerpo del animal, sin patas, vacío y con una abertura
amplia en el lomo y en la barriga por donde se meten los morenos, uno en cada
diseño, para poder levantarlos con las manos y traerlos en el trajín de la
representación[10].
El tambor es grande, hasta
de un metro de alto y se hace con un brazo de cedro de un buen diámetro, que se
le ahueca, y se le deja tres patitas, y se le coloca un cuero de becerro porque
de venado ya no se consigue en Acayucan. La piel se pone a orear con cal y sal
y cuando ya no apesta se lava y se seca y se restira mojada sobre el tambor
para que, cuando se seque, quede bien tensa. Los palitos torneados para tocar
el tambor se llaman «vaquetas» porque son hechos principalmente de la planta
«pata de vaca, aunque para ello a veces recurren al palo de guaya, zapotillo o
ventosilla»[11]. Pero también les nombran bolillos o
baquetas. Así es como los marimberos llaman a los palitos con los que tocan, y
los de Acayucan no son la excepción.
Los ancianos no parecen
coincidir en cuál era el primer día en el año en que el coime invocaba con su
tambor la participación del pueblo y, al mismo tiempo, comenzaba a anunciar que
la feria de San Martín Obispo y la danza se acercaban. Unos dicen que era el
primero de octubre, otros que el primer domingo de ese mes y hay quienes
aseguran que era el día dos del mismo[12]. Todo dependía del ánimo y arreglo del
coime. Pero sea primero, domingo o 2, lo cierto es que desde entonces se
respiraba ambiente de feria. En alguna época, que muchos recuerdan, la
tradición los guiaba a la una de la mañana —otros dicen a las cuatro— a la
planta más alta de una de las torres de la parroquia y ahí daban los primeros
toques anunciando la festividad. El pueblo despertaba con la noticia. En la
misma madrugada también tocaban frente al Ayuntamiento y después junto al
mercado municipal, donde el patrón de una fonda les invitaba el café y unas
piezas de pan. Allí en el centro se topaban los dos tambores: el del barrio San
Diego y el de El Zapotal. Algunas veces de una vez se retaban y se calaban,
para saber quién tocaba mejor, más fuerte y sonoro. Las opiniones hasta el día
de hoy están divididas[13].
Por 1927, según me informa
el señor Tomás Moreno Ramírez, el tamborero de El Zapotal era Benito Reyes y el
de San Diego Sebastián Guillén.
A partir de aquel primer
día, cada tarde —desde las cinco o seis— escuchábanse en el ámbito tranquilo
del pueblo los latidos del tambor. Provenían del patio de la casa del coime.
Allí empezaban a reunirse los futuros arrieros y morenos para preparar sus enseres
y ensayar la danza. Tocaba el tamborero de un barrio y le respondía el del
otro. Tenían una percusión especial para retarse, fuerte y claro. Y así el uno
iba al encuentro del otro, sin dejar de tocar por las calles, atrayéndose de
este modo; hasta tenerse en un crucero, en el parque o por el mercado, frente a
frente. Dispuestos a darse una calada. Cada uno traía su palomilla, que le
echaba vivas a éste y burlas al otro. Así que aquello se convertía en una
tremenda trifulca imprevisible. Había golpeados. Salían a relucir los cuchillos
y alguno dañaba el cuero del tambor antagónico, haciéndolo trizas. Y había
casos en que despedazaban los dos tambores, como el sucedido en una ocasión en
la esquina de 5 de mayo y Aquiles Serdán. Para esto, cada coime ya tenía otro
tambor de repuesto[14].
Cada domingo, además, éstos
recorrían las calles, y en cada esquina se paraban a tocar el tambor y, para
variar, una vez más se retaban. El anuncio terminaba en la víspera, como se
acostumbra hoy.
El baile de los Arrieros y
Morenos únicamente salía el 11 y el 13 de noviembre y de ahí volvía a exhibirse
el 12 de diciembre, día de la Guadalupe.
El 11 le tocaba aparecer al
grupo de los Arrieros y Morenos de El Zapotal. La primera danza de éste era
ejecutada en el atrio de la parroquia San Martín Obispo a la salida de misa en
honor del santo patrono, a las doce de la mañana, en medio de los estampidos de
los cohetes de varilla; después iban a hacer lo mismo frente al palacio
municipal, y de ahí se volcaban por las calles a ofrecer la danza al pueblo.
Todo esto porque los arrieros del barrio El Zapotal eran los arrieros de San
Martín, los arrieros Inditos o Sin Razón.
El 13 estaba apartado para
los Arrieros y Morenos del barrio San Diego. Éstos eran los arrieros del santo
San Diego, los de Razón[15]. Ellos hacían el mismo ritual:
ofrendaban la primera danza a la vista de la Parroquia San Martín a la salida
de misa dedicada, este día, a San Diego[16], entre las detonaciones de los cohetes
de varilla; en seguida bailaban igualmente ante el Ayuntamiento, y acto
continuo tomaban las calles para ofrecer la danza[17].
El baile era así:
El toque del tambor llamaba
a los integrantes para bailar. Seguía un doble toque para
iniciar. Bailaban al compás del tambor, que toca el coime a
un lado de los danzantes; sin disfraz, vestido normalmente. Los
danzantes, en número variable de parejas de arriero con moreno o
moreno con moreno, cuando había más morenos que arrieros, inician el baile
entrechocando los palos, y haciendo un círculo. Después a un cambio del sonido
del tambor se hacen para atrás bajando el palo y medio inclinándose y gritando
«Aaaaaaah» y luego siguen entrechocando los palos hasta que, a otra señal del
tambor, llega el Torito que andaba por allá o lo va a traer el Caballito y las
parejas de arriero con moreno «dejan» de bailar. El Torito, es un animal
salvaje y arremete contra todos. Pretende herir a cornadas. Levanta el polvo
del suelo con sus filosas astas y sus «pezuñas». Finalmente el Torito
sucumbe a los reatazos que le dan los arrieros y cuando el Caballito le da
una «estocada» con el palo entre el espacio libre del armazón y el
moreno que lo carga, cayendo muerto. Todos aclaman y vitorean al vencedor. Así
termina la danza[18].
El Caballito es el que va
ofreciendo la danza.
El 12 de diciembre, día de
la Virgen de la Guadalupe, no aparecían los mismos arrieros y morenos que ya
hemos señalado, sino que en esta ocasión les tocaba participar solamente a los
Arrieritos y Morenitos[19], que también bailaban en el atrio del
templo católico. Éste era el último día de aparición de la danza. Para
volver a verla había que esperar todo un año la siguiente feria, lo cual era
parte de la tradición y lo que le daba sabor.
Pero aconteció que a
mediados de los 20 dejaron de aparecer los arrieritos y morenitos. Entonces los
reemplazaron los dos grupos de arrieros de adultos. Éstos, más tarde, ampliaron
su actuación y también empezaron a salir cada domingo desde la víspera hasta el
12 de diciembre. Este era el último día de su exhibición en el año. Así es como
ha llegado esta tradición hasta principios de los 90[20].
En las primeras décadas del
siglo, según me cuenta don Eligio Fonseca Vázquez, los arrieros no golpeaban a
los curiosos ni éstos le lanzaban las provocaciones que escuchamos hoy. Los
gritos que más se repetían eran:
—¡Ése Torito!
—¡Ahí viene ese Torito!
Y el Torito los perseguía,
los acorralaba y no pasaba de asustarlos corneando el suelo. Los arrieros —dice
Eligio— no participaban en esto último. Sin embargo, otros recuerdan que
únicamente, lo mismo que el Torito, azotaban con el chicote el suelo a los
lados del espectador.
Entonces en la curiosa
tradición que referimos tomaban parte sólo estos dos barrios: El Zapotal y San
Diego[21].
Con el paso de los años,
agregáronse otros[22]. Y la danza sufrió cambios, quizá como
ya en los siglos que lleva de existencia ha tenido alguno en el pasado, aunque
con toda seguridad no tan marcado como los actuales.
Los arrieros y morenos de
los distintos barrios se dieron a la costumbre de retarse en donde se toparan,
sobre todo cuando un grupo de un barrio invadía al del otro, que era siempre
por la circunstancia de que salían los mismos días, resultando algo grande
entre ellos:
—¡A dónde estabas cuando la
rabia! —y se agarraban a chicotazos sobre las espaldas. Para aguantar, algunos
se ponían sobre las espaldas capas de costales de yute, debajo del capote.
Por ello, ahora, se dice:
«Antes no se llevaban los arrieros y morenos de la Palma con los de El Zapotal,
o Villalta, o San Diego; no se llevaban entre ellos. Y había peleas»[23].
Afortunadamente, con el
correr del tiempo, las diferencias se borraron y quedaron atrás.
El origen de la danza data
de la época de la Colonia. Es la más antigua de Acayucan y la única que ha
sobrevivido. Por algo será. Por su vestuario y por el baile parece ser una
parodia que rememora en pintoresca tradición a aquellos señores arrieros comerciantes
que surgieron después de la conquista de México por los españoles. Concordando
con esto, don Antonio Rodríguez Palma —que fue administrador de correo y
telégrafo— contaba a sus hijos e hijas, entre ellos a la ahora educadora
Concepción Rodríguez de Arvea, que los arrieros y morenos representan a los
arrieros que con sus recuas de mulas recorrían el país y la región comerciando.
Acontecía que, en los caminos y los campos o en las llanuras y los montes, los
toros bravos en los que había no pocos cimarrones les cerraban el paso y ellos
tenían que ahuyentarlos o defenderse de sus ataques con los palos y los
chicotes de cuero crudío que nunca faltaban en sus manos. Pero los arrieros no
eran los únicos que pasaban por estos peligros, sino también los viajeros y
cualquier persona —hombre o mujer— que por necesidad transitaran por estas
rutas agrestes. Por ello tenemos que el arriero marca la presencia del hombre y
el moreno, la de la mujer. La integración de la parte femenina, en esta forma u
en otra, aún pervive en las danzas de México[24].
Los arrieros y morenos son
muestra del colorido y variedad del acervo histórico y cultural de esta tierra,
además de ser el mayor atractivo de la feria San Martín Obispo, nuestro santo
patrono.
Los niños y los jóvenes y
hasta una gran parte de la población adulta, se contagian de la algarabía. Los
niños los imitan y los ancianos evocan sus años mozos en la fiesta principal
del pueblo.
No obstante, los mismos
arrieros y morenos están distorsionando su vestuario y el hábito de la
tradición desde hace más de cuarenta años. Hoy se cubren con máscaras de
luchadores —el Santo, Mil Máscaras, el Rayo de Jalisco, etcétera, y otras
monstruosidades—[25], les hace falta las polainas y algunos
se atreven a usar cables de instalaciones eléctricas supliendo con éstos la
cuerda o la tira de cuero crudío. Los morenos no usan el tocado cubierto con
papel de china y listones colgantes. Se les olvida aderezarse bien la máscara y
el vestido, de manera femenina, y se llega a ver a algunos trayendo asimismo
máscaras de luchadores. Y ahora uno de los grupos aparece con sus danzantes
desde antes de noviembre y termina —sin ninguna interrupción— hasta enero o
febrero del año siguiente.
Pero debemos reconocer que
falta apoyo de las autoridades[26], además de una especie de patronato para
el rescate de la verdadera imagen de la danza.
Gabriel González Domínguez,
mejor conocido como Chambrú, es uno de los pocos coimes que quedan y podemos
decir con justicia que el único que ejerce su arte sin paréntesis. Gracias a su
entusiasmo y gusto por esto la colorida danza de los Arrieros y Morenos no ha
desaparecido. Él mismo, ayudado por sus compañeros, elabora preciosamente el
Torito y el Caballito. Chambrú es, por sí mismo, una tradición.
La danza de los arrieros y
los morenos también la vemos en el folklor de dos pueblos vecinos: Oluta y
Texistepec. Pero con la observación de que en este último lugar, donde la
nombran los morenos, se halla totalmente deformada, e ignoro el estado que guarda
en el primero.
Aquí en Acayucan, la danza
—rememorada por los ancianos— en algunos aspectos adolece de aparentes incoincidencias;
pero a la luz del análisis más que contradicciones vienen a ser matices de la
misma tradición. No podemos pedir que los actos humanos sean meramente
maquinales. Para mayor claridad, anotaré en seguida las variaciones de más
relieve:
Algunos de mis informantes
aseguran que a comienzos de octubre los coimes empezaban a tocar los tambores
en los barrios, frente a sus propios domicilios: a la una o cuatro de la
madrugada [lo anterior era en realidad el último ensayo], para comenzar a anunciar que se acercaba la feria. Luego iban a tocar
en una planta alta del campanario, o al pie de él, o frente a la iglesia.
A principios de los 20, la
víspera y el 11 de noviembre aparecía el grupo de los arrieros y morenos del
barrio El Zapotal. El grupo de San Diego, el 12 y el 13. Después todos dejaban
de exhibirse. El 12 de diciembre volvía la danza, pero ahora sólo participaba
el grupo de los Arrieritos y Morenitos. Así me relató Tomás Moreno Ramírez,
nacido en 1902.
Luciano Soto, nacido en
1908, y su hermano Joel, nacido en 1905, me relataron: «Cuando éramos chamacos,
el 10 y el 11 de noviembre salían los arrieros Indios, o Inditos, los de Sin
Razón, los de San Martín Obispo, que eran del barrio Zapotal. El 12 y el 13
aparecían todos: los de Razón y los de sin Razón. Los arrieros de Razón eran
los del barrio San Diego, del santo San diego. Hasta aquí, en lo que toca a
este mes, dejaba de salir el baile. Volvía la danza el 9 de diciembre, en que
se exhibían sólo los de Razón. El 12 de ese mes, día en que se festeja a la
Virgen de Guadalupe, salían todos, los dos grupos» [Esto quizá cuando ya habían
dejado de aparecer en ese día los arrieritos y morenitos].
«Entre 1915 y 1930 los
grupos de esta danza estaban compuesto por más de treinta morenos y sólo tres o
cuatro arrieros, cinco arrieros cuando mucho —relataba Eligio Fonseca, nacido
en 1908—. Por ello, en la feria de San Martín Obispo salía la danza de los
Morenos (no de los Arrieros)». Todavía en los 40, algunos grupos se componían
de esta manera. Por eso, aún en los 80, como reminiscencia de aquello, se le
solía llamar indistintamente el baile o la danza de los morenos o de los
arrieros. Y el público venía a la feria a ver la danza de los Morenos, no de
los arrieros.
«Pero por 1935 —agrega
Eligio— empezaron a aparecer más arrieros que morenos para poder defenderse,
debido a que un grupo de jóvenes del centro, hijos de los «caciques»
(como calificaban a los notables del centro), había adquirido el hábito de agarrar
a limonazos a los integrantes de la danza para provocarlos. Los arrieros
entonces procedieron a corretearlos y a tratar de pegarles con el mecate».
Había también la costumbre
de hacerle albas a San Martín Obispo, el santo patrón, desde tres días antes
del 11, para terminar en ese día principal, el más grande de la feria. Éstas
eran llevadas a cabo a partir de las cuatro o cinco de la madrugada. Acudían
para ello al templo con tres tambores del barrio la Palma: uno grande, uno
chico y uno mediano, y una flauta de carrizo, que se le oía gemir desde las
tres por las calles. En estas albas también participaban las jaranas y el
tambor de los arrieros de El Zapotal, y algunas veces la marimba.
Ésta es, grosso modo,
una aproximación a la historia de la danza de los arrieros y morenos de
Acayucan, apoyándonos en nuestra tradición oral y la observación propia, a
través de un largo trabajo de investigación acuciosa de muchas décadas en
nuestro siglo XX[27].