Reginaldo Canseco Pérez
os habitantes del pueblo de Maromilla,
municipio de Zentla, Veracruz, conocían la triste historia sobre una huerfanita
y cuando había ocasión la contaban. Una tarde, Rosalba Fadanelli Vela la oyó en
voz de su tía Gloria Tress Quezada, de la siguiente manera:
“En una humilde
casa de este lugar, hace ya muchos años, vivía un joven matrimonio de
campesinos; él se llamaba Martín y ella, Delia. La felicidad con la que vivía
la pareja aumentó considerablemente cuando Dios bendijo el hogar con el
nacimiento de una hermosa hijita, a quien bautizaron con el nombre de Camila. La
niña creció con todas las atenciones y cuidados, y llena de amor de sus
progenitores. Era una niña buena y educada, que respetaba y obedecía a sus
padres.
“En esta forma transcurrieron
algunos años. Aconteció que cuando la pequeña había cumplido seis años de edad falleció
la madre. La tradición no precisa el o los motivos del deceso. El caso es que
la chiquilla quedó huérfana de mamá. Al poco tiempo, ante la necesidad de una
mujer que atendiera el hogar y la intención de proporcionarle una figura
materna a su hija para que la cuidara, el padre contrajo segundas nupcias. Pero
sucedió todo lo contrario: allí inició el calvario de Camilita. La madrastra
era mala y cruel con la inocente infanta. La reñía, le regateaba la comida y
muy poco la aseaba.
“La huerfanita tenía
una muñeca de trapo que le había confeccionado y dejado su difunta madre. Cuando
la madrastra vio que la niña le prodigaba mucho cariño a la muñeca y le hablaba
y la trataba como a una bebé de verdad, y que no dejaba de jugarla y arrullarla
empezó a arrebatársela y a escondérsela arriba del ropero. La huerfanita
quedaba sumida en la más honda y oscura tristeza. ¡Ah! pero en cuanto el padre
volvía en el atardecer del campo Brunilda (así se nombraba la malvada bruja), echaba
mano de todos sus artificios y se transformaba en el acto en un pedazo de
panela y fingía todo lo inverso: le demostraba mucho amor a la hijastra, la
mimaba, se esmeraba en atenderla y a cada rato tenía besitos para ella y cariñosa
le bajaba la muñeca para que la jugara. ¡Era una empalagosa miel real para la
huerfanita en esos momentos! Pero tan pronto como el hombre se ausentaba la
madrastra tornaba a su forma habitual de bruja. Era la más arpía de todas ellas.
“La pobre niña fue
enfermando de tristeza y melancolía porque no le permitían jugar con su amada
muñeca. Dejó de comer y se le acabó la alegría propia de una niña de su edad.
Una mañana amaneció muerta. La enterraron y la madrastra actuó perfectamente su
papel: lloró inconsolablemente la expiración de “su niñita”, pero por dentro
sentía un gran regocijo porque ya no le estorbaría.
“A los pocos días de
ello, la madrastra principió a oír que la difuntita le reclamaba la muñeca.
“—Doña, dame por favor mi muñeca, dame mi
muñeca… Por favor, doña…
“Al principio de
aquello, la bruja al escuchar la voz se echaba a buscar confusa y exasperada por
todas partes, pero no veía a ninguna niña. Esto pasaba únicamente cuando la
mujer se hallaba sola, en el día o en la noche. Era la voz de la niña muerta.
Pero era una voz imprecisa, hueca, y que flotaba en el aire… o en la cabeza de la
perversa madrastra. Muy rápido la cruel mujer dejó de dormir y parecía volverse
loca. Se le agotó el regodeo y se le veía afligida. Desesperada porque la
difuntita no dejaba de reclamarle su muñeca a toda hora en que ella se quedaba
sola, se vio obligada a ir a confesarse con el sacerdote: contó todo. El cura oyó paciente y atentamente a la robusta mujer que de un tiempo para acá
había empezado a adelgazar a causa del martirio que le provocaban las voces de su
hijastra difuntita. Luego de lo cual, el padre le explicó detenidamente:
“—Hija mía, tu inocente
hijastra murió enferma por la tristeza que le produjiste al despojarla de su
compañerita de juego, la muñeca, a quien amaba entrañablemente, y se fue de
este mundo al otro con este gran deseo: el de jugar y abrazar su muñeca. Ahora
el espíritu de ella no puede descansar en paz.
“Ves —le exhortó— y
escarbas en la sepultura hasta toparte con los restos de la niña, abres el
ataúd y le entregas su muñeca: sólo así la muertita quedará en paz.”
“Hizo la madrastra tal
y como el cura le aconsejó, y antes de volver a tapar la tumba se arrodilló y
le pidió perdón en voz alta repetidamente a su difunta hijastra, ante las
miradas inquisidoras de los peones a quienes había contratado para que la
ayudaran a llevar a cabo aquello.
“Regresó ya algo
tranquila a su casa, pero… ¡oh, sorpresa!, ahí arriba del ropero se encontraba
la muñeca. ¿Pero cómo podía ser aquello? ¡Pero si ella acababa de meterla
dentro del ataúd de la muertita! ¿Acaso no apenas había regresado de hacer puntualmente
todo lo que el sacerdote le dijo que hiciera y les pagó aquí a los peones que
la habían ayudado? ¿Podía estar ocurriendo que ella hubiera enloquecido sin haberse
dado cuenta…? No, ella no estaba trastornada.
“La exigencia de la
difuntita continuó persiguiéndola, de día y de noche, a todas horas, cuando
ella se hallaba sola. ¡De nada le había valido haber realizado todo cuanto hizo
en el cementerio y hasta haberle pedido perdón a su difunta hijastra!
“Al poco tiempo la
malvada madrastra murió a consecuencia de una fuerte fiebre y delirando muchas
incoherencias.
“El padre de la
difuntita, después de acaecer todo esto, abandonó la casa. Pero los que pasaban
cerca de ahí oían a la muertita rogando que le dieran su amada muñeca.
“—¡Por
favor, doña, dame mi muñeca…!
¡Dame mi…!
“Entonces los vecinos
trajeron al sacerdote y éste bendijo la humilde choza de madera y palma,
después de lo cual la quemaron. Sólo así se acallaron aquellas voces.”
jajaj muuy buuenaa hiistooriia tiio muuy buuenaa jajaj saaluudoos !!!
ResponderEliminarAun increible que parezca esta historia debio ser real, existe tanta maldad en el ser humano que se mide las consecuencias.
ResponderEliminarQue triste historia, pero si pudo pasar
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