Bienvenido

Bienvenido: Te hallas, amigo lector, ante una puerta mágica que comunica entre el mundo ordinario y el mundo extraordinario, que de alguna manera coexisten desde el principio hasta nuestros días, en la región de Acayucan, La Llave del Sureste, pueblo ubicado en el sur del estado de Veracruz, México.

Al trasponer esta puerta serás testigo de acontecimientos realmente prodigiosos que aquí son cotidianos. Así te enterarás sobre la fe que profesan los acayuqueños en la existencia de un río subterráneo que atraviesa la ciudad; sobre el brujo nagual que creyéndose todopoderoso retó a pelear a un hombre desconocido, común y corriente, resultando de ello un desenlace inesperado; o te encontrarás inmiscuido en una extraña aventura donde participan esencialmente los grandes salvajes. Y con el transcurso del tiempo, poco a poco, conforme avances en la exploración de la vasta y maravillosa geografía de acayucan, descubrirás, oirás, verás y vivirás más de sus historias, cuentos, mitos, leyendas y otras narraciones ciertamente asombrosas.

sábado, 7 de julio de 2012

Temoyo


Reginaldo Canseco Pérez



UN SITIO HISTÓRICO

E
n Temoyo estaban los principales veneros en donde el pueblo de Acayucan se abastecía de agua, desde tiempos inmemoriales.
Las mujeres y los hombres que pertenecen a las viejas generaciones de nativos que tuvieron la dicha de conocer la última etapa de esplendor de este legendario espacio, transcurrida en la primera mitad del siglo XX, nos han venido contando a través de muchas décadas asombrosas y maravillosas historias sobre él.
No obstante lo anterior, las nuevas generaciones como el pueblo en general —incluyendo a sus propias autoridades municipales— ignoran completamente su historia y, por tanto, qué significa este sitio para Acayucan.
He aquí un poco de su historia, cuando menos para que no se olvide cómo era Temoyo, y quede guardado un poco de su recuerdo. Escribo el presente texto, ahora, en el 2012, ya en pleno siglo XXI.

Temoyo se halla en el añejo barrio San Diego, en la parte suroeste de la localidad.
Este lugar, como tal, es el más antiguo de Acayucan. Tan antiguo es que sus orígenes se pierden en el pasado más remoto. Pero Temoyo ya estaba antes de que lo nombraran Temoyo.
No hace muchas décadas, entre los más viejos acayuqueños había la certidumbre de que esos manantiales ya se encontraban ahí cuando fue fundado nuestro pueblo.
Acayucan tiene origen prehispánico. Cuando los aborígenes de esa época, en su migración, descubrieron con asombro y temor esta franja de manantiales que después fue llamada Temoyo, bebieron ansiosos de sus aguas para mitigar la sed, y al hacerlo, por obra de un prodigio, sólo por un prodigio, ya no se fueron de aquí, se quedaron, y los que se fueron regresaron. Éste fue el principio de la fundación de Acayucan.
Los naturales en sus largas y dilatadas peregrinaciones andaban en busca de los medios para subsistir, como eran el agua, la caza, la pesca, y las tierras fértiles para su cultivo. Aquí encontraron todo eso en abundancia. Como una tierra prometida.
Temoyo era entonces una gran zona que contenía numerosos nacimientos de agua. Pero esos milagros a flor de tierra brotaban ahí por doquier porque aquel era un lugar propiciatorio, un encanto. Un lugar que manaba agua, y desde entonces también leyendas, mitos e identidad para esos primeros pobladores.

Temoyo se halla en una topografía que tiene magia. Queda asentado en el fondo de una cañada. Proviene ondulando del sureste, acompañada de un antiguo arroyo; atraviesa Temoyo y después se dirige pendiente abajo al noroeste. Como huella de serpiente gigantesca, emplumada de tan vieja. En cuanto al arroyo, allá abajo, al cruzar el camino viejo de San Juan (hoy avenida Miguel Hidalgo), toma el nombre de arroyo Atiopan.
En la antigüedad la cañada era mucho más honda y amplia que como la vemos en la actualidad, y la naturaleza se hallaba en toda su exuberancia. La flora y la fauna se multiplicaban desaforadamente. Temoyo era una selva y un hábitat. Como si todo esto fuera poco, Temoyo se localiza en un territorio de ricos mantos acuíferos.

En 1522, cuando los españoles llegaron a fundar la villa del Espíritu Santo, hoy Coatzacoalcos, Acayucan ya estaba, como otros tantos pueblos de sus alrededores, asentado en el mismo lugar que hoy ocupa. En esa época seguía sobreviviendo gracias a sus manantiales, particularmente por los de Temoyo.

En el siglo XX, el pueblo de Acayucan aún continuaba abasteciéndose de agua principalmente en Temoyo. Todavía en los 40, acudían hasta ahí los aguadores llevando sus burros, caballos, mulas o yeguas para llenar sus latas en los chorros de la fuente (los relatores más antiguos no recuerdan más allá de la primera y segunda década de ese siglo, en que ya estaba esa fuente). Las latas que ocupaban ellos eran cuadradas con una pequeña «boca», llamadas «alcoholeras» porque en ellas llegaba el alcohol a las tiendas principales. Una vez llenas, las tapaban y cargaban dos a cada costado del animal, acomodándolas en las angarillas (cajas de madera, apropiadas para ello), e iban a vender esa agua al pueblo. Acostumbraban salir con su carga de Temoyo por la parte baja, o sea: hoy, por la Belisario Domínguez; subían por la Porvenir, y por la Hilario C. Salas arribaban al mercado municipal y el centro. Otras veces, abandonaban Temoyo por la parte alta, o sea: hoy, por la Juan Álvarez, Hilario C. Salas, Manuel de la Peña (en el barrio Cruz Verde), bajaban por la Pedro Carvajal, llegaban a la Benito Barriovero y por Nicolás Bravo o por la Ignacio Zaragoza entraban al centro del pueblo, junto al parque y el palacio. Así evitaban pasar por el puente de ladrillo que había en el barranco de la Bravo, que era angosto, alto y peligroso. El puente dicho se hallaba entre las calles Zapata y Benito Barriovero. Sin embargo, algunos, que no querían rodear, se arriesgaban a pasar por ahí arreando sus bestias o montados en ellas. Así me relataron Manuel Reyes Aguilando, Pedrito Garibay Blanco, que vendió agua de Temoyo en burro por 1938; y Petra Castillo Culebro, nacida en 1932; entre otros. El pueblo era chico. Vendían las latas de agua en el mercado, de casa en casa, en las refresquerías, en otros negocios o en las fiestas del pueblo.
En la feria de san Martín Obispo, el santo patrono, ¡cómo acarreaban los burreros agua de Temoyo para vendérsela a los puesteros! Allí hacían su agosto.
En 1937 una lata llena costaba 20 centavos. La carga (cuatro latas), 80 centavos.
Las mujeres ocupaban para acarrear agua de la fuente, a sus hogares, cántaros; pero también latas «alcoholeras» o «de galletas», o cubetitas de lámina. Sentaban el recipiente elegido en la cabeza, amortiguando el peso con un yagual (rosca de trapo). En el caso de que la muchacha no llevara yagual, cargaba con delicadeza el cántaro rojizo, lleno, sobre un hombro, en tanto lo sostenía con una mano. Doña Petra Castillo, da su testimonio al respecto: «Yo acarreaba agua con lata “alcoholera” o “de galletas”, cuadradas. La lata llena primero era sentada en el borde del tanque y luego la alzaban con las palmas de las manos y se la colocaban sobre la cabeza, amortiguada con yagual. Otras veces, con un cántaro en la cabeza asentado en yagual, y una cubetita en la mano, en puro equilibrio, sin sostener el cántaro con la otra mano».
«Los hombres, para esa labor, utilizaban dos latas y un palo. Colgaban las latas, llenas, en los extremos de éste, el cual atravesaban sobre sus hombros. Así las cargaban. O las transportaban en sus asnos, como hacían los aguadores», evocan Anastasio Morales Tolentino, nacido en 1927; Petra Castillo, Juan Baruch Alfonso, nacido en 1925; Gilberto Santos Sánchez, nacido en 1928, Antonio Milagro Reyes, nacido en 1887, y Pedrito Garibay.
En el pueblo había norias o pozos, y otros manantiales; pero el agua que proporcionaban no le llegaba en calidad al agua de Temoyo. El agua de éste era delgada, limpia, fría, dulce, sabrosa… no había otra como esa; todo mundo en Acayucan prefería el agua de Temoyo; hubo hasta fábricas de gaseosas que ocupaban para elaborar sus productos esa agua.
Una, llamada La Favorita, propiedad de Esteban Montiel Argüelles, se hallaba establecida a mediados de los 30 en la calle Juan de la Luz Enríquez, entre Miguel Hidalgo y Guerrero, cerca de la última. Por el 46 fue vendida a Ricardo Pavón, y trasladada a la calle Guadalupe Victoria, precisamente al lado del cine Victoria, frente al parque, con el mismo nombre: La Favorita. Los empresarios, en ambos casos, tenían empleados que con tres burros iban y venían trayéndoles el agua de Temoyo para elaborar con ella las gaseosas… La primera de estas fábricas en Acayucan, que por supuesto también ocupaba para ello agua de Temoyo, estaba ya en 1928, en la calle Moctezuma, entre la Hidalgo y la Guerrero. «Cuando llegó la planta de luz en ese año la instalaron al lado de la primera, que ya estaba ahí hacía tiempo. El dueño de los dos negocios era el ingeniero alemán Leopoldo Baquerié. Pero no demoraron mucho tiempo en sus manos, porque tuvo que huir del pueblo de noche y a escondidas por problemas al parecer políticos», contaba don Aniceto Culebro Hipólito, nacido en 1904, y quien trabajó en la planta de luz en 1928.

La fuente estaba erigida en el fondo de la cañada, casi en medio de la explanada, un poco al norte del arroyo que cruza por ahí de sureste al noroeste.
La «Bomba», como también le llamaban a la fuente, semejaba una cúpula circular, con un rodete en la parte inferior; ahí tenía cuatro tubitos, que nombraban «cachitos», que apuntaban al norte, al sur, al oriente y al occidente, por donde brotaban los chorros inagotables del preciado y vital líquido. Todo esto sobre un depósito cuadrado, parcialmente enterrado.
La fuente tenía un tanque adjunto, por el lado oeste. Éste era rectangular, y medía aproximadamente dos metros de largo por uno de ancho, por uno de hondo. Con lo largo al poniente. Todo el conjunto, fuente y tanque, era de ladrillo y repello.
El chorro del tubito oeste de la fuente caía en el aljibe, que siempre estaba rebosante. Los otros chorros se precipitaban al pie de la «Bomba». Ahí, con éstos y con el agua que se desparramaba del tanque, se formaba una corrientita que iba a juntarse con el arroyo que atraviesa la explanada. Alrededor de la fuente y el aljibe era pura arenilla, y no se hacía lodo.
La fuente era alimentada con las aguas de los pocitos de Temoyo, que estaban ubicados en la parte sur de la explanada, en lo bajo, al pie de la Loma de Temoyo, hoy al otro lado de la calle Juan Álvarez. Eran tres pocitos, cuadrados, de ladrillo y repello, de tres metros de hondo. Dos tenían tapa y uno no (en aquel entonces). Los dos primeros estaban comunicados entre sí, en el fondo, por un tubo de fierro. De uno de ellos partía, un poco al noreste, un tubo de fierro, grueso, que cruzaba por debajo de la corriente el arroyo que divide en dos la planicie, y en el otro lado, al oriente de la fuente, se conectaba a un primer depósito, cuadrado y cerrado; de aquí salía otro tubo al poniente a un segundo depósito, asimismo cuadrado y sellado; de éste último depósito, continuaba otro tubo también al oeste y a pocos metros se conectaba a la fuente, que se hallaba en la parte más baja. De esta manera es como llegaba a la «Bomba», por gravedad, ingeniosamente, el agua de los pocitos de Temoyo; y, finalmente, se escapaba en chorros por los cuatro «cachitos» de la fuente. «No ves que están sellados esos pocitos. ¿Adónde iba a ir esa agua? ¡Tenía que salir a fuerza por los tubitos de la “Bomba”!», exclama doña Esperanza Joaquín Gómez, nacida en 1928. Todo lo dicho aquí, en cuanto a la fuente y los pocitos, aparte de doña Esperanza también lo recuerdan colectivamente doña Petra Castillo, don Tacho Morales, doña Gregoria Espronceda Ramírez, nacida en 1925; y Manuel Castillo Culebro y Cupertino López Suriano.
En la tradición oral, entre los más viejos, he hallado un curioso relato que afirma que el jefe político del entonces cantón de Acayucan, el ingeniero Ángel J. Andonegui, en 1908, año en que estuvo aquí, fue el que mandó construir esa fuente con todo y aljibe y esos pocitos, para acondicionar de esta manera los principales ojos de agua de Temoyo. Esto es lo que contaban don Pedro R. Ramón Ortiz, nacido en el año del ciclón (1888); Tereso Reyes Morales, nacido en 1902; y Cleofas Cárdenas Mayo y Marjorie Reyes Daciano. En la actualidad, Juan Flores Damián es el que trae a colación lo anterior, de acuerdo a como se lo dejó platicado su mamá, doña Carmen Damián Ramírez, nacida el 16 de julio de 1887. Sin embargo, en esta última versión existe una diferencia: aquí asegura el relator que Andonegui hizo los pocitos y la fuente, pero no el tanque, el cual le fue agregado a la fuente más tarde.

Temoyo era una fiesta. Todo el día, mañana y tarde se arremolinaba la gente alrededor de la «Bomba» para llenar sus cántaros, latas o cubetas en los chorros y acarrear agua a sus hogares.
Temoyo es un espacio en donde hay mucha agua subterránea. En aquellos tiempos en toda su superficie abundaban los nacimientos de agua, y en las partes bajas era pantanoso, como sigue siéndolo hoy. «Había en la explanada varios ojos de agua», me dice don Anastasio Morales Tolentino. Doña Esperanza Joaquín evoca: «Cuando yo era niña, alrededor de Temoyo había pocas casas. Eran puros caminitos para llegar a Temoyo. Todo era puro barranco y “aguachal». En Temoyo, por la ahora calle Hilario C. Salas, había ceibas. Al margen de su arroyo había ceibas, mango manila, y apompos… «¡Temoyo era un encanto de agua!», me dijo don Manuel Castillo Culebro, nacido en 1920.
Aparte, algunos vecinos improvisaban pocitos colectivos. Había tres de éstos al oriente de la Loma de Temoyo, al pie de la falda; hoy en el espacio que hay entre las calles Juan Álvarez y Francisco I. Madero. Me aclara doña Esperanza Joaquín: «Un pocito era de doña Micaela; el otro, de don Chico Espronceda y el último era de don Margarito. El de éste se hallaba próximo al camino de Sayula. La calle Hilario C. Salas era el camino de Sayula. Ahí acudían a bañarse tanto hombres como mujeres; había hora. También llegaban a lavar ropa algunas mujeres ahí; llevaban sus bateas». Pero también había otros pocitos colectivos, «de agarrar agua con la mano», al poniente de la planicie, hoy por las calles Belisario Domínguez y Manuel de la Peña, al otro lado del arroyo, cuentan diversos informantes.

Muchas mujeres acudían a lavar ropa en Temoyo. Los lavaderos estaban apartados de la fuente, hacia abajo de la explanada, al noroeste, a un lado de la corrientita de la fuente. Las mujeres traían sus bateas de nacaste o de cedro, redondas o cuadradas, con su ropa sucia, en la cabeza, sentadas en yagual, y las instalaban bajo la sombra de las enramadas o toldos sobre tres estacas y otra para recargar. Había como diez enramadas. Las hacían de palos y palma que sus maridos acarreaban de las milpas. Las viejitas decían: «Ya hice mi garachita». Ellas, para lavar, con cubetitas de lámina, acarreaban agua del tanque a su enramada y llenaban sus cubos de latas al pie de la batea. Ponían su tendedero allí mismo, y con el viento la ropa colgada se azotaba fuerte y sonaba bonito. Las mujeres que llegaban a lavar allí, vivían cerca de Temoyo o venían del centro del pueblo; ente ellas, las lavanderas (las que lavaban ajeno). Algunas de las señoras que acudían a lavar en ese lugar eran: Filomena, Joaquina Fernández, Juana, Norberta Reyes, Romana, Enedina Suriano Caballero, Eufrasia, Rufina Suriano, Lilia, Natividad Urbano Juárez y Micaela Martínez Hernández... Ahí mismo se bañaban. Algunas se bañaban al pie de sus enramadas, sólo con camisón largo de manta. Otras en un dos por tres improvisaban sus baños: en derredor de estacas que ya estaban, tapaban con colchas o sábanas de manta, y entonces se bañaban allí ellas o sus maridos. Pero había algunas que tenían sus baños de palma. Todo esto es lo que me contaron Elías Acosta Urbano, nacido en 1921; Leonardo Joaquín Antonio, nacido en 1923; Pedro Garibay Blanco, Cupertino López Suriano, Humildad Espronceda, nacida en 1936; Petra Castillo Culebro, nacida en 1932, y Gilberto Santos Sánchez, nacido en 1928.

Al oeste, a poca distancia de la fuente, había un árbol de jaboncillo, también llamado chololo. Y en dirección contraria, al este, estaba un árbol de ‘ubero’. El fruto y las hojas del jaboncillo eran usados para lavar ya de antiguo. Destripaban las bolitas que eran jabonosas, tallaban la ropa con las hojas y la misma cáscara deshecha del fruto. Así se ahorraban un poco del jabón de las tiendas.

Los muchachos enamoraban a las muchachas que acudían por agua a la fuente de Temoyo. En las raíces salientes y retorcidas del ubero, entre los huecos de la tierra, se acomodaban y sentaban a esperarlas. O se encaramaban en las ramas del chololo, para el efecto. En la loma norte también hacían lo mismo. Cuenta don Tacho Morales: «Llegaban e iban las muchachas, y ellos las enamoraban. Otros les gritaban:
—¡Déjala flojo!
—¡No le hagas caso, no trabaja!
—¡Échale agua, se acaba de levantar!»…
Así nacieron numerosos matrimonios.

Un arroyo de aguas límpidas desde tiempos remotos atravesaba Temoyo, del sureste al noroeste, entre los pocitos y la fuente, y se alejaba serpenteando al puente de Atiopan. En los 40 todavía era de aguas limpias. Allí abundaban mojarritas, juilitos, camarones, a veces cangrejos, pepesquitas y entre todos ellos también tortugas lagarto; había huecos donde anidaban como diez o quince tortugas, y había hasta lagartos. En el tanque y en la corrientita que nacía al pie la fuente nadaban también las pepesquitas. Allí, en Temoyo, bajaban a pescar muchos. Esto es lo que cuentan Humildad Espronceda, Esperanza Joaquín, Anastasio Morales y Leonardo Joaquín. Éste me relató: «Mi abuelita paterna, Guadalupe Culebro, me decía: “Mijito, anda a pescar unos pescaditos”. Iba yo a pescar y mi abuelita me hacía un caldito sabroso».

Temoyo se halla en el fondo de una gran hondonada, y, como he dicho ya, lo atraviesa una cañada. Al norte-este se alza una loma, y al sur-oeste se alza otra loma, pero ésta de mayor altura, llamada la Loma de Temoyo.
«En las faldas de la loma norte había paredones de tierra blanca», cuenta don Tacho Morales; «los chamacos que tenían lombrices de tierra la comían y se hinchaban de la barriga, la cara y los pies. Ya no podían caminar y se encamaban. Muchos murieron. A algunos les daban a tomar té de hierbabuena u otros brebajes, o purgante. A las panzonas de ver eso les daba antojo de esa tierra y sus maridos se la llevaban. Una vez que daban a luz se les pasaba el antojo. Esa tierra blanca la amasaban y se hacía chiclosa, y así la comían».
Cupertino López Suriano, dice que en las faldas de esa loma norte había también tierra violeta encendida y capas de tierra negra como carbón. «Allí rascaban dos viejitas que hacían cazuelas, ollas y comales de barro. Una vivía al sureste y la otra al norte de Temoyo. Juntaban esa tierra y la metían en un morralón tejido de majagua. Éste tenía dos asas para abrirlo, y un mecapale adaptado. Se echaban la carga a la espalda y la cargaban con el mecapale». Estas viejecitas, eran originarias de Sayula, me aclara don Tacho Morales.
En la Loma de Temoyo había puro barro colorado.

En aquellos tiempos la población apreciaba en lo que valía el servicio que les proporcionaba Temoyo. Cada ocho o quince días había tequio (trabajo colectivo y gratuito en una obra de carácter comunal) para limpiarlo y darle mantenimiento. «Convocaban el jefe de cuartel y los jefes de manzanas de acuerdo con las autoridades municipales. El cabo uno de cada orilla de calle pasaba la orden oral de casa en casa, a todos los vecinos de Temoyo. También ocupaban el tamborcito sobaquero para llamar a tequio. Chico Garduza, que tenía su domicilio en la calle Hilario C. Salas, al sur de Temoyo, en los años 40, es el que lo tocaba desde las cinco de la mañana para estos casos. Un grupo pedía cooperación en los comercios del centro, para darles de comer a los que hacían el tequio: reunían galletas, chiles, sardinas, gaseosas…», me contó don Félix, un vecino que vivía en la loma norte. «Acudían con machetes y tumbaban todo el monte. Participaba mucha gente de alrededor y del centro, que se enteraba porque en el pueblo había un “palo que habla”. Lavaban el estanque, taponaban los tubitos de la fuente, los “cachitos”, y cuando los destapaban el agua que se había revuelto con la presión brotaba con limo y finalmente otra vez limpia». Esto platica doña Humildad Espronceda. Teófilo Prieto, albañil, limpiaba los depósitos que estaban al oriente de la fuente. Eran dos depósitos. Él se metía en ellos, los limpiaba y hasta les sacaba camarones blancos y se los llevaba a su casa, relata don Anastasio Morales.

En 1947, la «Bola», como también nombraban a la fuente, empezaba a quedar enterrada, dice don Tacho Morales. Agrega: «Por el lado de la loma norte como por el lado de la sur, eran paredones casi verticales; la explanada de Temoyo, donde se hallaba la “Bomba”, era honda, mucho más que ahora. La erosión de las lomas fue rellenando el fondo y empezó a sepultar la fuente».
Pero esto fue a causa principalmente de que el pueblo abandonó la costumbre del tequio y por ello ya no limpiaron ni le dieron mantenimiento a Temoyo. Lo anterior coincide con la entrada del alemanismo en Acayucan (1946-1952). En esta etapa por órdenes del presidente de la República Miguel Alemán Valdez aquí se llevaron a cabo numerosas obras públicas, como las carreteras, hospital, escuela primaria, drenajes, reconstrucción del mercado, remodelación del parque, la primera línea de agua entubada…, y con las carreteras y el trabajo que abundaba llegó mucha gente fuereña que se avecindó aquí; con todo esto el pueblo entró de lleno en la ‘modernidad’ y las costumbres de los acayuqueños cambiaron. En esos años la población alrededor de Temoyo creció notablemente y con ella, la desforestación. Entre los 50 y los 60, el arroyo antaño de aguas cristalinas que atraviesa Temoyo se convirtió en corrientes de aguas negras. Para completar, muchos vecinos habían sembrado zacatales desde años atrás en la parte noroeste de la explanada, que es la más baja, para vender y para alimentar a sus propias bestias. Con estos zacatales y el monte la tierra que bajaba de las lomas se fue acumulando con más rapidez que de ordinario y la «Media Naranja», como también le llamaban a la fuente, y la pileta, pronto quedaron enterradas por completo, lo que sucedió a principios de los 60. Hoy allí yacen, a más de nueve metros bajo tierra, sepultados.
Antes de que la fuente original y el estanque quedaran sepultados por completo fue hecha una segunda fuente —ésta cuadrada, también con cuatro tubitos, por donde brotaba el agua que igualmente venía de los pocitos (manantiales) de Temoyo, por medio del mismo tubo de fierro. Doña Esperanza Joaquín Gómez y sus hijas Carmen y María Luisa López, que conocieron también esta última fuente, me relatan: «Ahí íbamos a traer agua. Tenía cuatro tubitos, pero el de la cara poniente era el único que daba el chorro grueso. Los otros daban muy poca agua. Por ello, hacíamos cola y nos peleábamos el chorro. Este tubito que daba más agua estaba aplastado, achatado en el costado superior y en el inferior. Cuando se iba el agua de llave, en la época en que ya había agua entubada en el pueblo, todos acudían a esta fuente a proveerse de agua. Pero había familias que de por sí no tenían agua de llave, y entonces ahí se surtían todos los días de ese líquido». Y agregan: «Dejaron de agarrar agua de esta segunda fuente en los 80, porque decían que el arroyo de aguas negras había contaminado ya los pocitos de Temoyo». En 1993 el presidente municipal Maximiano Figueroa Guillén mandó rellenar y emparejar la explanada con incontables viajes de tierra, con lo cual la segunda fuente también quedó enterrada, y tramitó que se hiciera un colector para las aguas negras que atraviesa ese lugar, mismo que se terminó de construir en 1994.

Ahora bien: todavía a comienzos del siglo XX Temoyo abarcaba todo su alrededor, el ecosistema y la biodiversidad que allí se reproducían. No era sólo la explanada y la fuente. En los últimos tiempos aún Temoyo era mucho más grande, y abarcaba de sur a norte desde el pie de la loma sur hasta la calle Manuel de la Peña y de este a oeste también era mucho más amplio. Pero las propias y honorables autoridades municipales empezaron a vender a particulares, indebidamente, pedazo tras pedazo de Temoyo. En la parte sur, al pie de la Loma de Temoyo, vendieron cuatro o cinco solares, y con uno de ellos vendieron los pocitos de Temoyo, los que surtían de agua a la primera fuente y a la segunda. Todo esto me informaron en 1981 los viejos vecinos de entonces, quienes mostraron su indignación por este inaudito y bárbaro hecho, que di a conocer en ese año, en Diario del Sur, en una tan incipiente como rústica crónica (más rústica que ésta) sobre el tema. En ella dije: que el o los presidentes municipales en turno «Se burlaron del pueblo, porque ese lugar es más del pueblo que de ningún otro». Hoy todavía hay muchos vecinos de Temoyo que dan testimonio de ello. ¿Cuántas barbaridades más falta que se hagan en perjuicio de este lugar legendario, tradicional e histórico del pueblo?
«Temoyo era del pueblo», me dice doña Esperanza Joaquín Gómez; «era libre. Era para todo mundo. Temoyo no es de ahorita. Es antiguo. Era yo chamaca y ya estaba. Nos criamos acarreando agua de Temoyo. Yo acarreaba agua de la “Bomba” con cántaro o con lata cuadrada. Temoyo no era de nadie, y era para todos. Todos podían ir a agarrar agua ahí».
Efectivamente, Temoyo por tradición, a través de siglos, es un espacio libre a los cuatro puntos cardinales, natural y peatonal, en donde todavía hoy abunda el agua subterránea y donde los vecinos tienen pozos de poca profundidad. Temoyo era para el pueblo un encanto, un sitio encantado, pues, y aún así sigue siéndolo para muchos; y como tal, se debe respetar y preservar; cuidar tanto su topografía como su connotación histórica y mítica, y rescatar su esencia y sus leyendas. En un verdadero rescate de Temoyo debe tomarse en consideración todo lo anterior y lo que se haga allí debe, cuando menos, acercarse a lo que fue Temoyo, por lo que no debería faltar la fuente que nos recuerde a aquella y el gran servicio que proporcionaba al pueblo, así como rescatar sus espacios vendidos y sus pocitos (manantiales).
Es lamentable que Temoyo haya desaparecido, y hoy no quede de él más que el recuerdo, un motivo de evocación, y una triste explanada, y cada día esté más lejos el tiempo en que era Temoyo.

A continuación presento las principales leyendas que he recolectado sobre este mítico espacio:



EL NOMBRE

En 1980 oí a algunos ancianos rememorar que en tiempos pasados creían que Temoyo era un ámbito encantado, por todo lo que se contaba sobre él y porque se hallaba rodeado de espeso follaje, debido a lo cual exclamaban: ¡Temo yo!, por el temor que sentían, sobre todo por las noches, al acudir a ese lugar; aseverando que de ahí brotó su nombre. Uno de esos ancianos fue don Francisco Antonio Mariano, nacido en 1902. Hoy, tres décadas y dos años después de haber escuchado aquello, aún persiste en la memoria de algunos actuales longevos esta tradición oral, como es el caso de los señores Evaristo Morales Ramírez, nacido en 1927, y Gilberto Santos Sánchez, nacido en 1928. Así, la leyenda explica a su manera el origen del nombre de Temoyo; no obstante, en realidad Temoyo deriva de Temoayan, palabra náhuatl que significa «lugar por donde se baja; bajada, declive, pendiente».
Temoyo era el lugar encantado por antonomasia de Acayucan.



LA LOMA DE TEMOYO

La loma sur-oeste es llamada desde la antigüedad la Loma de Temoyo; es la única loma del alrededor que tiene nombre propio y es la más extensa, elevada y misteriosa. La Loma de Temoyo empezó a ser poblada allá por 1925. Los primeros vecinos de ese lugar, entre ellos don Francisco Espronceda Palacios, contaban que antes de que ellos lo moraran nadie quería vivir allí porque todos en Acayucan lo creían un cerro encantado. Entonces en aquel espacio había puro monte y bosque. Cuando ellos llegaron a poblarlo sembraron cafetales y frutales. Esto es lo que me relata doña Humildad Espronceda Ramírez, nacida en 1936, hija de don Chico.
Consultando hace ya algunos años a varios relatores ancianos, la mayoría viejos vecinos de Temoyo, entre los cuales se hallan doña Esperanza Joaquín Gómez, Anastasio Morales Tolentino, Gilberto Santos Sánchez, Juan Baruch Alfonso, Manuel Reyes Aguilando, Petra Castillo Culebro y Humildad Espronceda Ramírez, sabemos que hasta años después de haberse habitado la Loma en ese espacio seguía habiendo antiguos, enormes y gruesos árboles como los de mango manila, criollo y rosa, palo colorado, tres lomos, tepecacao, palo de hule, zapotes mamey y domingo, chancarros y cafetales. Pero desde luego también había animales de aire y de tierra: loros, pitorreales (los tucanes, conocidos asimismo como picoecanoa), cotorros y zacua (amigo del pepe); todos éstos comían las semillitas del tepecacao.
Además, abundaban allí las chachalacas que cantaban en las lomas, las torcazas, los esquibús y las palomas rabonas, que son del tamaño de una gallina. De idéntica manera se reproducían en aquel ecosistema los conejos, el venado y el mazate (estos dos últimos hacia el poniente), el zerete (que es más grande que el conejo, negro y ceniciento, y con orejas chicas), ardillas, tepescuintles, zorros, iguanas verdes, tejones, armadillos, jabalíes (que se les veía más retirado), y por las noches atravesaban los coyotes rumbo al monte de Oluta… «¡Era un aulladero…!», me dice, evocándolo, doña Humildad.

Había una parte que tenían por la cima, a la que nombraban El Pico de la Loma de Temoyo y se ubicaba en la ahora calle Francisco I. Madero, a medio tramo entre Belisario Domínguez y Benito Juárez, casi frente al domicilio de doña Humildad, mi relatora. Punto que, al abrirse la calle e irse acondicionando, fue rebajado en reiteradas ocasiones.
Don Francisco Espronceda, su primo hermano Juan Chontal y los otros primeros avecindados en la Loma, platicaban que allí, en El Pico, en medio del tupido y tenebroso monte, en punto de las doce del día, cantaba un sobrenatural guajolote y a las doce de la noche rebuznaba un fantasmagórico burro.
Cuando al fin fue poblada la Loma, encontraron una carreta añejísima atiborrada de esqueletos humanos, que posteriormente fueron sepultados en el panteón. Todos supusieron que la carreta y su macabro contenido habían sido dejados ahí por los rebeldes...
La Loma de Temoyo fue habitándose paulatinamente. Las primeras casitas de barro y teja o de cercado de palos y techo de palma quedaron entre el monte, salteadas, pues eran pocos los primeros pobladores. Ellos fueron: Francisco Espronceda Palacios, Catarino Culebro, Luis Suriano, Heliodoro Espronceda, Heliodoro Bibiano, Filiberta de Zárate, Pedro Suriano (hijo de Luis Suriano), Andrés Espronceda, Francisco Morales, Manuel Espronceda, Juan Chontal y algunos más.
Las bolas de lumbre que desde los tiempos remotos se miraban allí en la Loma por las noches, que se alzaban y volaban sobre los grandes y antiguos árboles, continuaron contemplándose en esa época y hasta muchos años después todavía. Don Manuel Culebro Cordero, nacido en 1916, siendo joven, fue uno de los vecinos de Temoyo que veía esas bolas de fuego; en su caso las miraba elevarse por encima de un enorme árbol de mango manila que estaba en la hoy esquina de Benito Juárez y Juan Álvarez, cuando todo por ese rumbo era fincas. También había quienes las miraban, igualmente por las noches, al suroeste de Temoyo, entre las ahora colonias urbanas Revolución y Los Ramones, por el camino de Ixtmegayo, me relató don Pedro Ruperto Cruz.
En 1915 Barrionuevo se hallaba al sureste y distanciado de Temoyo, alrededor del campo de juego de beisbol, campo donde décadas adelante sería construida la escuela secundaria federal de Acayucan. Pero Barrionuevo —el último de los barrios surgidos— era entonces muy pequeño y apartado del núcleo poblacional. Para llegar a él saliendo del pueblo había que avanzar por vereditas poco pobladas abiertas entre el verdor y dejar atrás el barrio Cruz Verde y los manantiales de Temoyo. Barrionuevo aparece mencionado en el libro de actas de cabildos de 1915, que consulté hace muchos años en el Archivo Histórico de Acayucan. Desgraciadamente, a mediados del 2011 las autoridades municipales en lugar de proteger a esta institución la despojaron del espacio que venía ocupando en el palacio y la hacinaron en un rincón del mismo, totalmente destruida.
En la falda de la Loma de Temoyo (hoy en el fondo del patio del domicilio de don Anastasio Morales Tolentino —nacido en 1927— y su esposa Dominga Culebro Antonio, localizado en la esquina de Belisario Domínguez y Juan Álvarez), en la época en que allí era monte, de acuerdo con lo que me contaron ellos mismos, había un gigantesco y ancho árbol de mango manila. La gente aseguraba que a las doce del día los que se hallaban cerca de ese árbol escuchaban que desde lo más alto y de en medio de su copa caía un cueramiento (un montón de cueros) y en seguida como que lo arrastraban, pero cuando acudían presurosos a verlo, ya era un perro grande y negro.

El diablo vivía en la Loma de Temoyo, que en parte era monte, en parte mangal y en parte fincas, incluso cuando ya la habían empezado a poblar. Entraba y salía por el hueco de un viejo árbol (la tradición no nos aclara qué clase de árbol involucra).
El diablo bajaba por las noches de la Loma, especialmente en las noches calurosas, y llegaba hasta la fuente para bañarse al pie de ésta. Muchas veces los vecinos oían que a las ocho, nueve o doce de la noche alguien se bañaba junto a la «Bomba» (la fuente), pero cuando salían a ver no había nadie: era la mala hora: el diablo, que se estaba bañando.
Lo anterior me fue referido años ha por varias personas sumamente ancianas, entre ellas doña Esperanza Joaquín Gómez, Ricardo Cruz Rodríguez (don Richi), nacido en 1917, y Anastasio Morales Tolentino, vecinos veteranos de Temoyo... Empero, los niños ven lo que a los adultos ya nos está vedado: una vez, cuando don Richi tenía como 12 años, él y un compañerito —incitados por las mismas consejas que oían de boca de los mayores— espiaron al diablo cuando se estaba bañando en la noche; pero el diablo, que también se encuera como el mortal para darse un baño, se hallaba de esta manera, y los correteó enojado... Don Richi y su amiguito de juego no sintieron miedo… ¡Al fin niños…!

Don Leonardo Joaquín Antonio, nacido en 1923, me contó una vivencia singular:
—Cuando yo era jovencito vivía en la ahora esquina de Manuel de la Peña e Ignacio de la Llave, en la loma norte de Temoyo… Una noche de julio de 1937 sobrevino un tremendo temblor. En lo más duro del sismo se oyó que un hombre gritaba aterrado desde la Loma de Temoyo, entre el monte y los cafetales que había ahí entonces… Se oía: ¡Ayyyyyyyyy! ¡Aaaaaayyyyyyyyyy!
En cuanto pasó la sacudida, mi tía doña Nicanora Antonio María me dijo que aquel hombre que había gritado lleno de pánico no era otro que… ¡el diablo! «El diablo» —precisó—, «chillaba porque estaba espantado por el temblor… ¿No que muy diablo…?; ¡él también siente el temor de Dios!»…

Otro relator, que sólo dijo llamarse Valeriano, me confió: «El diablo habitaba en la Loma de Temoyo. Allí tenía su casa. Los aprendices de brujos acudían a ese lugar a verlo y a pedirle consejo. Tenía una puerta. Entrando, primero estaba la Virgen del Carmen, que había que abofetear; después dos víboras, una a cada lado, y por último un toro negro y bravo que hasta polvo y lumbre levantaba donde golpeaba con las pezuñas. El diablo se hallaba en el mero fondo. Allí recibía a sus visitantes. Esto me lo contó un señor que estaba estudiando para brujo»…

«El diablo» —agregó mi informante— «bajaba de la Loma para pasearse por el pueblo, en el día o en la noche. Entonces tomaba la apariencia de un hombre cualquiera, de un paisano de aquí. Lo topaban en la calle, lo saludaban y hasta conversaban con él, y nadie sospechaba que era el diablo.
Pero hoy el diablo ya no vive en la Loma de Temoyo. Emigró para Tampico, Tamaulipas. Lo desterró de aquí un poderoso sacerdote. Fue a la Loma a hacer misa y a exorcizarla; a bendecirla repetidas veces. Así fue como el diablo se vio obligado a abandonar la Loma de Temoyo, pero antes les dijo a sus discípulos: “Me voy para Tampico; si me necesitan, allá me pueden ir a ver”».
A pesar de todo lo anterior, el diablo no olvida a su amado Temoyo, y de cuando en cuando viene a visitarlo, para recordar viejos tiempos. Entonces aprovecha el viaje para recorrer las calles de Acayucan… «Hoy todavía» —me dijo en una ocasión don Richi—, «en algunas noches se oye la escandalera de los perros que ladran y aúllan lúgubre y lastimeramente. Cuando aquello sucede es señal de que el diablo va pasando por este rumbo, por Temoyo. Eso anuncia que algún vecino va a morir».

En los 40 La Llorona salía a medianoche del monte por el camino de Ixtmegayo y llegaba hasta la Loma de Temoyo, por el oeste, merodeándola y sobresaltando a sus habitantes con sus desgarradores gritos. Así me lo contó doña Humildad Espronceda.



LA FUENTE

A mediados de los 40, los manantiales de Temoyo aún se hallaban rodeados de monte y montañas. Al norte y poniente del lugar había algunas fincas y uno que otro jacal. Al noreste tenía desde tiempos lejanos el barrio Cruz Verde. Temoyo era un encanto. Por eso no se secaba nunca. A cualquier hora del día, desde el alba hasta el anochecer, las mujeres, los hombres, las muchachas, los muchachos y los chamacos acudían a la fuente para acarrear agua para sus hogares. Un vecino de Temoyo me relató que una vez una señora fue por agua a la fuente, al oscurecer, y cuando estaba llenando el cántaro en uno de los chorros oyó una diáfana y cantarina voz que brotaba de las entrañas de la fuente y le hablaba por su nombre:
—¡Doña Jacinta! ¡Doña Jacinta!
La mujer se asustó y demudada y sin terminar de llenar el cántaro regresó corriendo a su casa.

En el fondo del área de Temoyo, por las noches, se veían muchas cosas que ahora nos parecen fabulosas, pero que entonces se aceptaban reales… A esas horas allí se aparecía un caballo grande y negro que echaba lumbre por los ojos; una cochina enorme y prieta, de hocico largo y que tenía chiches tan excesivas que sonaban plap tlap plap tlap plap y barrían el suelo.
El valiente que cruzaba por ahí a medianoche podía ver todo eso, me relató doña Humildad Espronceda. Por su lado, don Leonardo Joaquín Antonio rememoró que cuando era pequeño, por 1930, él y su hermano menor Celedonio acostumbraban sentarse al anochecer junto a la puerta frontal de su casa, por la loma norte, para ver qué miraban. Entonces contemplaban que por ahí bajaban a lo hondo de Temoyo la puerca con las características que he mencionado, y un toro también colosal y oscuro, pero que allá abajo desaparecían... Don Bonifacio Reyes Hernández me dijo que esa marrana surgía a medianoche en uno de los patios sombreados de copudos mangos en la ahora calle Manuel de la Peña. Don Luis Oropeza Vargas, que se avecinó cerca de Temoyo por 1960, me refirió que don Moisés Iglesias, viejo vecino de ese lugar, le contaba que él miraba todos los días a medianoche, en Temoyo, un extraño asno que nunca rebuznaba. Nada más se la pasaba pastando en silencio... Así le contaba don Moisés, quien le preguntó en una ocasión: —¿Tú no lo has visto?, y él le contestó: —No.
Por aquel mismo tiempo también referían en el barrio, agregó el mismo relator, que por la calle Belisario Domínguez, cerca de Temoyo, a medianoche, aparecía otra cerda igualmente grande, negra, trompuda y de tetas tan enormes que las arrastraba y que correteaba a la persona que se le atravesaba. A muchos espantó. Aseguraban que se trataba de una bruja nagual que vivía en el mismo barrio San Diego.
Con respecto a ello, don Elías Acosta Urbano, quien nació en el barrio San Diego, cuenta: «En este barrio vivieron mis padres. De ahí para Temoyo era monte. Era lo que le daba vida a Temoyo. En la Loma ya vivía Chico Espronceda. Por 1932 doña Francisca (le decían Tía Pancha La Bruja) vivía en San Diego, en la calle Ignacio de la Llave. Los jaraneros salían los sábados por la noche a tocar en el barrio; se topaban con una cochina grande, negra, brava, y tan chichuda que hasta le sonaban, plap tlap plap, que los correteaba… “¡Es Tía Pancha La Bruja!”, gritaban. Era curandera. Entonces la gente creía mucho en que los brujos y las brujas practicaban el nagualismo, en que se transformaban en cochino o cochina, en tecolote, en perro negro, en guajolotes»...

Era igualmente de dominio público que por las noches y procedente del monte llegaba a la «Bomba» (la fuente) un sobrenatural jinete, montado en pavoroso caballo azabache. También la chaneca visitaba el lugar, me relató doña Petra Castillo Culebro (nacida en 1932), quien oía que su suegra Andrea Mendoza Reyes decía que la chaneca es una mujer joven, güera, con cabello largo que le da más abajo de la cintura, crespo y castaño, que viste de blanco… En cuanto a esto, una vez un muchacho le contó a don Manuel Reyes Aguilando que en una ocasión tuvo necesidad de cruzar por Temoyo al alba y vio a una mujer güera, de pelo largo y muy hermosa que se estaba bañando junto a la fuente. Don Manuel le dijo que aquella mujer que había observado era una chaneca, pues aseguraba así son ellas

Por 1960 dos jóvenes —me contó don Luis Oropeza— que a la medianoche subían a la Loma de Temoyo, se toparon con una bola de mujeres que bajaban rumbo a los manantiales, y que venían platicando y riendo con gran alboroto. Cuando éstas los cruzaron, los muchachos voltearon curiosos a verlas, pero ellas… ¡habían desaparecido! Así se lo relataron a él los mismos jóvenes.

Por la noche —me contó también don Bonifacio Reyes— el diablo llegaba a Temoyo, y se sentaba en la bola del manantial mientras fumaba un joloche (un puro) y al terminar partía al panteón. Era negro, pero con apariencia de hombre. Iba a descansar en el cementerio. Desaparecía allá.

Un extraño hombrecillo montado en un burro ceniciento de patas gateadas (blancas y a rayas) a medianoche bajaba del este por toda la hoy calle Juan Álvarez y entraba en Temoyo.
El hombrecillo vestía de blanco, pero traía alas como de mariposa, se detenía junto a la fuente y su burro bebía agua del tanque, luego de lo cual salía por la ahora Belisario Domínguez, que es la parte más baja de Temoyo, y se desviaba rumbo al noroeste. Don Anastasio Morales Tolentino, chamaco, por 1935, lo vio varias veces desde la puerta de su antiguo domicilio, en la loma norte de Temoyo, en noches de luna llena.
El hombrecillo les pegaba a los perros y los dejaba marcados. Oía que ladraban, lloraban y aullaban espantosamente y don Anastasio salía a ver…

Un sastre llamado Jesús, que tuvo su domicilio en la calle Manuel de la Peña, le aseguraba a don Luis Oropeza que veía a los duendes en un gran árbol de mango, en el terreno de sus padres, en Ignacio de la Llave, cerca de Temoyo.
Los duendes, decía, jugaban arriba del árbol, en sus ramas, como si fueran changos.
El sastre ya falleció.

Un hombre al que le apodaban «El Charro», en los 60 espantaba por las noches disfrazado de La Llorona, me narró don Luis Oropeza Vargas. Aparecía gritando y llorando espeluznantemente en algún punto del barrio San Diego, por Temoyo, y llegaba así al panteón.
¡Aaaaaaayyyyyyyyy, mis hiiiiiiiijooooosssss…!
Los policías siempre en vigilia lo perseguían, pero «La Llorona» se les escapaba y se les perdía en el interior del camposanto.
Una noche los gendarmes se emborracharon con aguardiente destilado en los alambiques de Acayucan y esta bebida milagrosa les infundió valor. Antes tenían mucho miedo…
—¡Vámonos a agarrar de una vez por todas a «La Llorona»! —se dijeron unos a otros envalentonados.
Procedieron y en efecto atraparon a «La Llorona» antes de entrar al cementerio. Era «El Charro». Lo mantuvieron un tiempo en la cárcel, y después lo soltaron, prohibiéndole terminantemente volver a las andadas so pena de regresarlo al frescobote.

Otra de las leyendas en torno a Temoyo tiene que ver con el río subterráneo que según la tradición contada por los viejos atraviesa por Acayucan. Muchos nativos creen que ese río subterráneo pasa por Temoyo proveniente del oriente, luego de lo cual va al occidente y después se desvía al noroeste.
Hay quienes afirman que bajo el área de Temoyo se encuentra un gran lago, como me comentó Domingo Sáiz Mayo.
Temoyo, en los 70, aún era el símbolo de Acayucan.
Todavía en 1980 se oía repetidamente la leyenda principal: El que toma agua de Temoyo, ya no se va de Acayucan; y si se va, regresa
Hasta ese año, los nombres de Temoyo y el arroyo Atiopan, adonde iban a desembocar las aguas de los manantiales del primero, eran recurrentes, y se pronunciaban con respeto y con un tono cargado de hondas, antiguas y ocultas reminiscencias.

Todo lo anterior y más se contaba en relación con Temoyo. Es lógico comprender que una gran parte de sus leyendas e historia terminó extraviada en los siglos de su existencia, particularmente tomando en consideración que Temoyo fue un lugar descubierto por los indígenas precolombinos, cuya rica cosmovisión sobre la naturaleza era otra, muy distinta a la de hoy.
Para terminar, quiero presentar el testimonio de Fernando Soto González, quien relata lo siguiente:

«Un 15 de mayo, a mediados de semana, por 1988, nos reunimos seis vecinos del barrio San Diego para acudir a un cabo de año de un difunto, en la calle Carranza casi esquina con Hilario C. Salas, al sur de Temoyo.
Los vecinos reunidos éramos Alfredo Terrón Rosas, Fermín Jerez, Julio, mi hermano Luciano, otro y yo. Llegamos al cabo de año a las 9 p. m. y emprendimos el regreso cuando estaban dando las 12 de la noche.
En la esquina de Carranza e Hilario C. Salas vimos una cochina parada, negra, quieta, suelta. Parecía mansa. Algunos de nosotros al pasar la tocaron y le dieron de palmaditas. No hizo nada, no huyó. No se puso arisca.
Habíamos avanzado como veinte metros, al norte, rumbo a nuestro barrio, cuando algo nos hizo voltear y vimos sorprendidos que la marrana estaba esponjada y bufando, brava. Dio como tres vueltas a un poste de Teléfonos, como para agarrar impulso, e inmediatamente se disparó a corretearnos.
Todos huimos.
Mi hermano se metió a un patio, en la esquina de Hilario C. Salas y Juan Álvarez; en ese momento salió el dueño, don Gil, y ahí se quedó…
Yo doblé a la derecha por la Juan Álvarez; a los treinta metros de aquel punto volteé y vi al animal, detrás de mí, que todavía me perseguía; pero al hacer esto tropecé y caí… Instintivamente me cubrí la cara con las manos esperando su embestida; luego abrí los ojos y asombrosamente ya no había nada… ¡Ya no había ninguna cerda!
Me volví a la esquina de Hilario C. Salas y desde ese lugar vi cómo el animal correteaba por esa calle a los otros cuatro, siempre hacia el norte.
Cuando llegaron al callejón Emiliano Zapata, donde hay escaso alumbrado público, la puerca inexplicablemente desapareció en la oscuridad de la noche.
Nos reagrupamos frente al domicilio de don Gil. Ahí él nos relató que aquella brava marrana seguramente era una bruja nagual, pues se decía en el barrio que en otras ocasiones ya alguien la había atrapado y encadenado para sacrificarla al día siguiente, pero al amanecer sólo habían hallado las cadenas.
Regresamos a nuestros respectivos domicilios. Cuando mi hermano y yo llegamos a nuestro hogar, los cerdos que teníamos empezaron a alborotarse en los chiqueros, como si los estuvieran molestando. Igual sucedió en la casa de Alfredo, en cuanto entró él.
Al día siguiente, doña Zoila Rosas, mamá de Alfredo, nos convenció a su hijo, a mi hermano y a mí para que nos fuéramos a curar de espanto con don Lucas Antonio, en Belisario Domínguez, entre Porvenir y Manuel de la Peña; lo que hicimos aquel mismo día»

Temoyo, como ya hemos visto, es parte del origen y desarrollo de Acayucan; de su historia, de su cultura, de su imaginario y de su identidad. Es, pues, un patrimonio del pueblo y para el pueblo, pero éste y sus autoridades, lamentablemente, no han estado hasta ahora a la altura para valorarlo, protegerlo y rescatarlo…, sino todo lo contrario.
Temoyo, por todo esto y por el invaluable servicio que proporcionó al pueblo durante siglos y la magia del lugar, no merece el abandono y el olvido en que ha quedado inmerso, sin ningún aprovechamiento de su espacio verdaderamente acorde con lo que fue. 

3 comentarios:

  1. me parece una historia bastante entretenida, me gustaria saber las fuentes de donde emana su investigación pues en la actualidad yo estoy realizando una del mismo sitio, me llamo Darién Alemán, soy estudiante de antropología en la U.V y vecino del barrio cruz verde de la misma localidad de Acayucan, dejo mi correo esperando comentarios. de antemano grácias

    hytorksoul@hotmail.com

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  2. Ejey!!! Así que mi bisabuelo Francisco era un valiente, decidió vivir en donde nadie más quería, cabe destacar que fue comisariado ejidal, y muy ilustre, probablemente producto de tantas horas de lectura. Y no es por presunción pero creo que de donde salí tan aventurero, político y filosófo. :D

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  3. Soy nieta del sr. anastacio morales tolentino, mi padre hasta la fecha nos cuenta que cuando iba a traer leña de regreso a casa se había perdido y en el trayecto del camino se le apareció un perro negro enorme con ojos rojos, al igual que otras historias más muy interesantes que nos relatan tanto mis padres como mi abuelito porque mi abuelita ya falleció.

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