Bienvenido

Bienvenido: Te hallas, amigo lector, ante una puerta mágica que comunica entre el mundo ordinario y el mundo extraordinario, que de alguna manera coexisten desde el principio hasta nuestros días, en la región de Acayucan, La Llave del Sureste, pueblo ubicado en el sur del estado de Veracruz, México.

Al trasponer esta puerta serás testigo de acontecimientos realmente prodigiosos que aquí son cotidianos. Así te enterarás sobre la fe que profesan los acayuqueños en la existencia de un río subterráneo que atraviesa la ciudad; sobre el brujo nagual que creyéndose todopoderoso retó a pelear a un hombre desconocido, común y corriente, resultando de ello un desenlace inesperado; o te encontrarás inmiscuido en una extraña aventura donde participan esencialmente los grandes salvajes. Y con el transcurso del tiempo, poco a poco, conforme avances en la exploración de la vasta y maravillosa geografía de acayucan, descubrirás, oirás, verás y vivirás más de sus historias, cuentos, mitos, leyendas y otras narraciones ciertamente asombrosas.

sábado, 7 de julio de 2012

Temoyo


Reginaldo Canseco Pérez

Temoyo en aquella época era nombrado con respeto, al ser nombrado llevaba cierta connotación antigua, esto con sólo pronunciar su nombre; lo mismo sucedía al mencionar el arroyo de Ateopan, el puente de Ateopan, donde desembocaban las aguas de los manantiales del primero; con sólo nombrarlos sabía uno que esos lugares se remontaban a un pasado muy remoto, que ya ahora no se siente, no se sabe.

UN SITIO HISTÓRICO
Miren, de Temoyo sólo conozco lo que muchas personas me contaron cuando estaba en su última etapa de esplendor, pero las nuevas generaciones y el pueblo en general realmente no conocen qué significa este lugar para Acayucan. Temoyo, ubicado en la parte suroeste de la localidad, en las goteras del añejo barrio San Diego, es el legendario espacio en donde se encontraban los principales manantiales de Acayucan. Este sitio es muy antiguo, tan antiguo que se puede asegurar que sus manantiales se hallaban ya en aquellos primeros años en que los aborígenes prehispánicos empezaron a poblar la región y se fue conformando poco a poco el pueblo de Acayucan. Los naturales en sus migraciones buscaban el medio de subsistir, como el agua, la caza y buenas tierras para el cultivo. En ese sentido una importante zona de manantiales para ellos fue Temoyo, porque en aquel entonces se encontraba compuesto de muchos nacimientos. Precisamente por esa antigüedad contaban numerosas leyendas en relación con él. Cuando llegaron los españoles a fundar la villa del Espíritu Santo, hoy Coatzacoalcos, en 1522, Acayucan como otros tantos pueblos de sus alrededores ya se encontraba asentado en el mismo lugar que hoy ocupa. En esa época este pueblo proseguía perviviendo gracias a sus manantiales, particularmente por los de Temoyo.
En el siglo XX, el pueblo aún se abastecía de agua primordialmente para beber o cocinar en Temoyo, o la adquirían. Todavía en los 40, acudían los aguadores hasta ahí con sus burros u otras bestias y llenaban en la fuente sus latas cuadradas de agua y las iban a vender a las refresquerías y casas; las mujeres generalmente acarreaban de esa agua a sus hogares en cántaros, pero también lo hacían en latas o en cubetas. En el pueblo había norias o pozos, pero el agua de Temoyo era delgada, dulce, fría, no había otra agua como la de Temoyo, todo mundo en Acayucan prefería el agua de Temoyo; hubo hasta fábricas de gaseosas que ocupaban para ello agua de Temoyo. Una de ellas, llamada La Favorita, quedaba ubicada a mediados de los 30 en la calle Juan de la Luz Enríquez, entre la Miguel Hidalgo y la Guerrero, casi en esquina con ésta última, pero que por el 46 cambió de dueño y la trasladaron a la Guadalupe Victoria, frente al parque, con el mismo nombre. Los dueños tenían empleados que con tres burros les traían el agua de Temoyo, para hacer las gaseosas. La primera fábrica de éstas en Acayucan ya funcionaba en 1928, en la calle Moctezuma, entre la Miguel Hidalgo y la Guerrero, aunque no demoró mucho tiempo.

La gente de Acayucan entonces tenía conciencia del valor de ese bienestar que les proporcionaba Temoyo y daba mantenimiento tanto a la fuente como a los manantiales y al propio espacio. La fuente, que se hallaba en medio del área, tenía forma de cúpula y poseía cuatro cachitos de tubo, que marcaban los principales puntos cardinales, por donde brotaban los chorros de agua. La fuente se nutría de los manantiales primigenios situados en la parte sur, por medio de un tubo de fierro enterrado. En 1908, de acuerdo con la tradición, el jefe político Ángel J. Andonegui mandó erigir la fuente mencionada y también acondicionó los veneros originales en forma de tres pocitos cuadrados, con paredes de ladrillo y repello. Pero la fuente empezó a enterrarse y a principios de los 60 quedó completamente sepultada por el deslave de las lomas norte, noreste y sur-oeste. En la parte occidente de la fuente, que era la porción más baja de la hondonada, algunos vecinos habían sembrado zacatales para vender y para alimentar a sus propias bestias, lo cual contribuyó a que se soterrara aún más rápido la fuente, que fue substituida por otra que habían levantado previamente al oriente de la primera, alimentada también por el mismo tubo que sustentaba a la anterior. Esta última fuente dejó de ocuparse en los 80, por la perspicacia de que los manantiales se hubieran contaminado con el arroyo de aguas negras, antaño cristalinas, que atraviesa la extensión. El presidente municipal Maximiano Figueroa Guillén mandó construirle un largo colector y emparejar la explanada en 1993. Las autoridades municipales posteriores no hicieron absolutamente nada para rescatar y preservar la tradición de este sitio. Los terrenos, al pie de la loma sur, por la ahora calle Juan Álvarez, donde se localizan los pocitos de los manantiales primitivos, tiene muchas décadas que fueron vendidos a particulares por las honorables autoridades municipales. En 1981, años hacía de haberse perpetrado aquello, de acuerdo con los testimonios que entonces me proporcionaron los viejos vecinos inconformes por ese desatinado hecho.

Temoyo, por su topografía, su historia, el invaluable servicio que proporcionó al pueblo y la magia del lugar, no merece el abandono y el olvido en que ha quedado inmerso, sin ningún aprovechamiento de su espacio acorde con lo que fue. Sin embargo, para ratificar esa fatalidad que persigue empecinadamente a Temoyo, a fines del 2010, las autoridades municipales en turno, que se distinguieron como visionarias, ingeniosas, inteligentísimas, muy enteradas y respetuosas de la historia local y, sobre todo, cultas, modificaron en parte el relieve de esa superficie, pero sin ton ni son, deformando y dañando con eso no sólo la fisonomía original sino asimismo lo inherente, es decir el valor intangible del sitio, que es un patrimonio histórico del y para el pueblo de Acayucan.
Todo lo que he dicho hasta aquí, es tan sólo un breve preámbulo y espero que también sirva de marco a la exposición que haré a continuación de las principales leyendas que he oído en torno a este legendario lugar.

EL NOMBRE
En 1980 oí a algunos ancianos rememorar que en tiempos pasados creían que Temoyo era un ámbito encantado, por todo lo que se contaba sobre él y porque se hallaba rodeado de espeso follaje, debido a lo cual exclamaban: «¡Temo yo!», aseverando que de ahí brotó su nombre. Uno de esos ancianos fue don Francisco Antonio Mariano, nacido en 1902. Hoy, tres décadas y dos años después, en que escribo el presente tema, aún persiste en la memoria de algunos actuales longevos esta tradición oral, como es el caso de los señores Evaristo Morales Ramírez, nacido en 1927, y Gilberto Santos Sánchez, nacido en 1928. Así, la leyenda explica a su manera el origen del nombre de Temoyo; no obstante que en realidad Temoyo se deriva de Temoayan, palabra náhuatl, que significa «lugar por donde se baja, declive o pendiente». Temoyo era el lugar encantado por antonomasia de Acayucan.

LA LOMA DE TEMOYO
La loma sur-oeste es llamada desde la antigüedad la Loma de Temoyo; es la única loma del alrededor que tiene un nombre propio y es la más extensa, elevada y misteriosa. La Loma de Temoyo empezó a ser poblada allá por 1925. Los primeros vecinos de ese lugar, entre ellos don Francisco Espronceda Palacios, contaban que antes de que ellos lo moraran nadie quería vivir allí porque todos en Acayucan lo creían un cerro encantado. Entonces en aquel espacio había puro monte y bosque. Consultando hace ya algunos años a varios relatores ancianos, la mayoría viejos vecinos de Temoyo, entre los cuales se hallan doña Esperanza Joaquín Gómez, Anastacio Morales Tolentino, Gilberto Santos Sánchez, Juan Baruch Alfonso, Manuel Reyes Aguilando, Petra Castillo Culebro y Humildad Espronceda Ramírez, hija de don Francisco Espronceda, sabemos que hasta años después de haberse habitado la Loma en ese espacio seguía habiendo antiguos, enormes y gruesos árboles como los de mango manila, criollo y rosa, palo colorado, tres lomos, tepecacao, palo de hule, zapote mamey y domingo, chancarros y cafetales. Pero desde luego también había animales de aire y de tierra: loros, pitorreales (los tucanes o «picodecanoa»), cotorros y zacua (amigo del pepe); todos éstos comían las semillitas del tepecacao. Igualmente se veían allí las chachalacas que cantaban en las lomas, las torcazas y los esquibús (que son palomas rabonas, del tamaño de una gallina). De idéntica manera se reproducían en aquel ecosistema los conejos, el venado y el mazate (estos dos últimos hacia el poniente), el zerete (que es más grande que el conejo, negro y ceniciento, y con orejas chicas), ardillas, tepezcuintles, zorros, iguanas verdes, tejones, armadillos, jabalíes (que se les veía más retirado), y por las noches atravesaban los coyotes rumbo al monte de Oluta; «era un aulladero», me dice, evocándolo, doña Humildad.

La parte que se tenía por la más alta en la Loma era nombrada El Pico de la Loma de Temoyo, ubicado éste en la ahora calle Francisco I. Madero, entre Belisario Domínguez y Benito Juárez, casi frente al domicilio de doña Humildad Espronceda (nacida en 1936). Punto que, al abrirse la calle e irse acondicionando, fue rebajado en reiteradas ocasiones. Refería don Francisco Espronceda, su primo hermano Juan Chontal y los otros primeros avecindados en la Loma que, antes de ser poblada ésta, en El Pico, en punto de las doce del día, en medio de las tenebrosas sombras del monte, se oía cantar a un fantasmagórico guajolote, y a las doce de la noche, en el mismo paraje, se oía rebuznar a un sobrenatural burro. Y cuando al fin fue poblada la Loma, encontraron una añejísima carreta bien atiborrada de esqueletos humanos, que posteriormente fueron sepultados en el panteón. Todos supusieron que la carreta y su macabro contenido habían sido dejados ahí por los rebeldes.
La Loma de Temoyo fue habitándose paulatinamente, al principio las contadas casitas de barro y tejas o de cercado de palos y techo de palma estaban salteadas entre el monte. Las bolas de lumbre que desde los tiempos remotos se veían allí por las noches alzarse y volar sobre los antiguos y gigantescos árboles, continuaron contemplándose en esa época y hasta muchos años después. Don Manuel Culebro Cordero, nacido en 1916, siendo joven, fue uno de los vecinos de Temoyo que veía esas bolas de fuego; en su caso las miraba elevarse por encima de un enorme árbol de mango manila que estaba en la hoy esquina de Benito Juárez y Juan Álvarez, cuando todo por ese rumbo era fincas. También había quienes las miraban, igualmente por las noches, al suroeste de Temoyo, entre las ahora colonias urbanas Revolución y Los Ramones, por el camino de Ixtmegayo, me relató don Pedro Ruperto Cruz.
En 1915 Barrionuevo se hallaba al sureste y distanciado de Temoyo, alrededor del campo de juego de beisbol, campo donde décadas adelante sería construida la escuela secundaria federal de Acayucan. Pero Barrionuevo —el último de los barrios surgidos, de acuerdo al dato implícito en su propio nombre— era entonces muy pequeño y apartado del núcleo poblacional. Para llegar a él saliendo del pueblo había que avanzar por vereditas solitarias abiertas entre el verdor y dejar atrás el barrio Cruz Verde y los manantiales de Temoyo. Barrionuevo aparece mencionado en el libro de actas de cabildos de 1915, que consulté hace muchos años en el Archivo Histórico de Acayucan, institución a la que a mediados del 2011 las incultas autoridades municipales, en un acto digno de gente bárbara que se aprecie de serlo, despojaron de su espacio, la destruyeron y hacinaron en un rincón.
En la falda de la Loma de Temoyo, hoy en el fondo del patio del domicilio de don Anastacio Morales Tolentino (nacido en 1927) y su esposa Dominga Culebro Antonio, localizado en la esquina de Belisario Domínguez y Juan Álvarez, en la época en que allí era monte, de acuerdo con lo que me contaron ellos mismos, había un gigantesco y ancho árbol de mango manila, sobre el que la gente aseguraba que a las doce del día los que se hallaban cerca escuchaban que desde arriba de su copa caía un «cueramiento» (un montón de cueros) y enseguida como que lo arrastraban, pero cuando acudían a verlo, ya era un perro grande y negro.

 El diablo vivía en la Loma de Temoyo, que en parte era monte, en parte mangal y en parte fincas, aun cuando ya la habían empezado a poblar. Entraba y salía por el hueco de un viejo árbol (la tradición no aclara qué clase de árbol involucra). El diablo bajaba por las noches de la Loma, especialmente en las noches calurosas, y llegaba hasta la fuente para bañarse al pie de ésta. Muchas veces los vecinos oían que a las ocho, nueve o doce de la noche alguien se bañaba junto a «La Bomba» (la fuente), pero cuando salían a ver no había nadie: era la mala hora, el diablo, que se estaba bañando. Lo anterior me fue referido años ha por varias personas sumamente ancianas, entre ellas doña Esperanza Joaquín Gómez, Ricardo Cruz Rodríguez (Don Richi), nacido en 1917, y Anastacio Morales Tolentino, vecinos veteranos de Temoyo. Empero los niños ven lo que a los adultos les está vedado: una vez, cuando don Richi tenía como 12 años, él y un compañerito —incitados por las mismas consejas que oían de boca de los mayores— espiaron al diablo cuando se estaba bañando en la noche, pero el diablo que también se encuera, como cualquier mortal, para bañarse, se hallaba de esta manera y los correteó enojado... Don Richi y su amiguito no sintieron miedo... !Al fin niños...!

Don Leonardo Joaquín Antonio, nacido en 1923, me contó una vivencia singular:
—Cuando yo era jovencito vivía en la ahora esquina de Manuel de la Peña e Ignacio de la Llave, en la loma norte de Temoyo… Una noche de julio de 1937 sobrevino un tremendo temblor. En lo más duro del sismo se oyó que un hombre gritaba aterrado desde la Loma de Temoyo, entre el monte y los cafetales que había ahí entonces… Se oía: ¡Ayyyyyyyyy! ¡Aaaaaayyyyyyyyyy!
En cuanto pasó la sacudida, mi tía doña Nicanora Antonio María me dijo que aquel hombre que había gritado lleno de pánico no era otro que ¡el diablo! «El diablo —precisó—; chillaba porque estaba espantado por el temblor… ¿No qué muy diablo…?; ¡él también siente el temor de Dios!»

Otro relator, que sólo dijo llamarse Valeriano, me confió: «El diablo habitaba en la Loma de Temoyo. Allí tenía su casa. Los aprendices de brujos acudían a ese lugar a verlo y a pedirle consejo. Tenía una puerta. Entrando, primero estaba la Virgen del Carmen, que había que abofetear; después dos víboras, una a cada lado, y por último un toro negro y bravo que hasta polvo y lumbre levantaba donde golpeaba con las pezuñas. El diablo se hallaba en el mero fondo. Allí recibía a sus visitantes. Esto me lo contó un señor que estaba estudiando para brujo…»

El diablo bajaba de la Loma para pasearse por el pueblo, en el día o en la noche. Entonces tomaba la apariencia de un hombre cualquiera, de un paisano de aquí. Lo topaban en la calle, lo saludaban y hasta conversaban con él, y nadie sospechaba que era el diablo.
Pero hoy el diablo ya no vive en la Loma de Temoyo. Emigró para Tampico, Tamaulipas. Lo desterró de aquí un poderoso sacerdote. Fue a la Loma a hacer misa y a exorcizarla; a bendecirla repetidas veces. Así fue como el diablo se vio obligado a abandonar la Loma de Temoyo, pero antes les dijo a sus discípulos: «Me voy para Tampico; si me necesitan, allá me pueden ir a ver».
A pesar de lo anterior, el diablo vuelve a su querencia de cuando en cuando, a su amado Temoyo, y aprovecha el viaje para recorrer las calles de Acayucan… «Hoy todavía» —me dijo en una ocasión don Richi—, «en algunas noches se oye la escandalera de los perros que ladran y aúllan lúgubre y lastimeramente. Cuando aquello sucede es señal de que el diablo va pasando por este rumbo, por Temoyo. Eso anuncia que algún vecino va a morir».

En los 40 La Llorona salía a medianoche del monte por el camino de Ixtmegayo y llegaba hasta la Loma de Temoyo, por el oeste, merodeándola y sobresaltando a sus habitantes con sus desgarradores gritos. Así me lo contó doña Humildad Espronceda.

LA FUENTE
A mediados de los 40, los manantiales de Temoyo aún se hallaban rodeados de monte y montañas. Al norte y poniente del lugar había algunas fincas y uno que otro jacal. Al noreste tenía desde tiempos lejanos el barrio Cruz Verde. Temoyo era un encanto. Por eso no se secaba nunca. A cualquier hora del día, desde el alba hasta el anochecer, las mujeres, los hombres, las muchachas, los muchachos y los chamacos acudían a la fuente para acarrear agua para sus hogares. Un vecino de Temoyo me relató que una vez una señora fue por agua a la fuente, al oscurecer, y cuando estaba llenando el cántaro en uno de los chorros oyó una diáfana y cantarina voz que brotaba de las entrañas de la fuente y le hablaba por su nombre:
—¡Doña Jacinta! ¡Doña Jacinta!
La mujer se asustó y demudada y sin terminar de llenar el cántaro regresó corriendo a su casa.

En el fondo del área de Temoyo, por las noches, se veían muchas cosas que ahora nos parecen fabulosas, pero que entonces se aceptaban reales… A esas horas allí se aparecía un caballo grande y negro que echaba lumbre por los ojos; una cochina enorme y prieta, de hocico largo y que traía chiches tan excesivas que sonaban plap tlap plap tlap plap y barrían el suelo.
El valiente que cruzaba por ahí a medianoche podía ver todo eso, me relató doña Humildad Espronceda. Por su lado, don Leonardo Joaquín Antonio rememoró que cuando era pequeño, por 1930, él y su hermano menor Celedonio acostumbraban sentarse al anochecer junto a la puerta frontal de su casa, por la loma norte, para ver qué miraban. Entonces contemplaban que por ahí bajaban a lo hondo de Temoyo la puerca con las características que he mencionado, y un toro también colosal y oscuro, pero que allá abajo desaparecían... Don Bonifacio Reyes Hernández me dijo que esa marrana surgía a medianoche en uno de los patios sombreados de copudos mangos en la ahora calle Manuel de la Peña. Don Luis Oropeza Vargas, que se avecinó cerca de Temoyo por 1960, me refirió que don Moisés Iglesias, viejo vecino de ese lugar, le contaba que él miraba todos los días a medianoche, en Temoyo, un extraño asno que nunca rebuznaba. Nada más se la pasaba pastando en silencio... Así le contaba don Moisés, quien le preguntó en una ocasión: —¿Tú no lo has visto? y él le contestó: —No.
Por aquel mismo tiempo también referían en el barrio, agregó el mismo relator, que por Temoyo, en la calle Belisario Domínguez, a medianoche, aparecía otra cerda como la ya descrita: grande, negra, trompuda y de tetas protuberantes que correteaba a la persona que se le atravesaba. A muchos espantó. Aseguraban los vecinos que se trataba de una bruja nagual que vivía en el mismo barrio San Diego.

Era, igualmente, de dominio público que por las noches y procedente del monte llegaba a La Bomba (la fuente) un sobrenatural jinete, montado en pavoroso caballo azabache. También la chaneca visitaba el lugar, me relató doña Petra Castillo Culebro (nacida en 1932), quien oía que su suegra Andrea Mendoza Reyes decía que la chaneca es una mujer joven, güera, con cabello largo que le da más abajo de la cintura, crespo y castaño, que viste de blanco… En cuanto a esto, una vez un muchacho le contó a don Manuel Reyes Aguilando que en una ocasión tuvo necesidad de cruzar por Temoyo al alba y vio a una mujer güera, de pelo largo y muy hermosa que se estaba bañando junto a la fuente. Don Manuel le dijo que aquella mujer que había observado era una chaneca, pues —le aseguró— así son ellas

Por 1960 dos jóvenes —me contó don Luis Oropeza— que a la medianoche subían a la Loma de Temoyo, se toparon con una bola de mujeres que bajaban rumbo a los manantiales, y que venían platicando y riendo con gran alboroto. Cuando éstas los cruzaron, los muchachos voltearon curiosos a verlas, pero ellas… ¡habían desaparecido! Así se lo relataron a él los mismos jóvenes.

Por la noche —me contó también don Bonifacio Reyes— el diablo llegaba a Temoyo, y se sentaba en la bola del manantial mientras fumaba un joloche (puro) y al terminar partía al panteón. Era negro, pero con apariencia de hombre. Iba a descansar en el cementerio. Desaparecía allá.

Un extraño hombrecillo montado en un burro ceniciento de patas gateadas (blancas y a rayas) a medianoche bajaba del este por toda la hoy calle Juan Álvarez y entraba en Temoyo.
El hombrecillo vestía de blanco, pero traía alas como de mariposa, se detenía junto a la fuente y su burro bebía agua del tanque, luego de lo cual salía por la ahora Belisario Domínguez, que es la parte más baja de Temoyo, y se desviaba rumbo al noroeste. Don Anastacio Morales Tolentino, chamaco, por 1935, lo vio varias veces desde la puerta de su antiguo domicilio, en la orilla norte de Temoyo, en noches de luna llena.
El hombrecillo les pegaba a los perros y los dejaba marcados. Oía que ladraban, lloraban y aullaban espantosamente y don Anastacio salía a ver…

Un sastre llamado Jesús, que tuvo su domicilio en la calle Manuel de la Peña, le aseguraba a don Luis Oropeza que veía a los duendes en un gran árbol de mango, en el terreno de sus padres, en Ignacio de la Llave, cerca de Temoyo.
Los duendes, decía, jugaban arriba del árbol, en sus ramas, como si fueran changos.
El sastre ya falleció.

Un hombre al que le apodaban «El Charro», en los 60 espantaba por las noches disfrazado de La Llorona, me narró don Luis Oropeza Vargas. Aparecía gritando y llorando espeluznantemente en algún punto del barrio San Diego, por Temoyo, y llegaba así al panteón.
¡Aaaaáaaayyyyyyyyy, mis hiiiiiiiijooooosssss…!
Los policías siempre en vigilia lo perseguían, pero «La Llorona» se les escapaba y se les perdía en el interior del camposanto.
Una noche los gendarmes se emborracharon con aguardiente destilado en los alambiques de Acayucan y esta bebida milagrosa les infundió valor. Antes tenían mucho miedo…
—¡Vámonos a agarrar de una vez por todas a «La Llorona»! —se dijeron unos a otros envalentonados.
Procedieron y en efecto atraparon a «La Llorona» antes de entrar al cementerio. Era «El Charro». Lo mantuvieron un tiempo en la cárcel, y después lo soltaron, prohibiéndole terminantemente volver a las andadas so pena de regresarlo al frescobote.

Otra de las leyendas en torno a Temoyo tiene que ver con el río subterráneo que según la tradición contada por los viejos atraviesa por Acayucan. Muchos nativos creen que ese río subterráneo pasa por Temoyo proveniente del oriente, luego de lo cual va al occidente y después se desvía al noroeste.
Hay quienes afirman que bajo el área de Temoyo se encuentra un gran lago, como me comentó Domingo Sáiz Mayo.
Todavía en 1980 se oía repetidamente la leyenda principal: El que toma agua de Temoyo, ya no se va de Acayucan; y si se va, regresa
Temoyo en aquella época era nombrado con respeto, al ser nombrado llevaba cierta connotación antigua, esto con sólo pronunciar su nombre; lo mismo sucedía al mencionar el arroyo de Ateopan, el puente de Ateopan, donde desembocaban las aguas de los manantiales del primero; con sólo nombrarlos sabía uno que esos lugares se remontaban a un pasado muy remoto, que ya ahora no se siente, no se sabe.
Todo lo anterior y más se contaba en relación con Temoyo. Es lógico comprender que una gran parte de sus leyendas e historia terminó extraviada en los siglos de su existencia, particularmente tomando en consideración que Temoyo fue un lugar descubierto por los indígenas precolombinos, cuya rica cosmovisión sobre la naturaleza era otra, muy distinta a la de hoy.
Para terminar, quiero presentar el testimonio de Fernando Soto González, quien relata lo siguiente:

Un 15 de mayo, a mediados de semana, por 1988, nos reunimos seis vecinos del barrio San Diego para acudir a un cabo de año de un difunto, en la calle Carranza casi esquina con Hilario C. Salas, al sur de Temoyo.
Los vecinos reunidos éramos Alfredo Terrón Rosas, Fermín Jerez, Julio, mi hermano Luciano, otro y yo. Llegamos al cabo de año a las 9 p. m. y emprendimos el regreso cuando estaban dando las 12 de la noche.
En la esquina de Carranza e Hilario C. Salas vimos una cochina parada, negra, quieta, suelta. Parecía mansa. Algunos de nosotros al pasar la tocaron y le dieron de palmaditas. No hizo nada, no huyó. No se puso arisca. Habíamos avanzado como veinte metros, al norte, rumbo a nuestro barrio, cuando algo nos hizo voltear y vimos sorprendidos que la marrana estaba esponjada y bufando brava. Dio como tres vueltas a un poste de Teléfonos, como para agarrar impulso, e inmediatamente se disparó a corretearnos.
Todos huimos.
Mi hermano se metió a un patio, en la esquina de Hilario C. Salas y Juan Álvarez; en ese momento salió el dueño, don Gil, y ahí se quedó…
Yo doblé a la derecha por la Juan Álvarez; a los treinta metros de aquel punto volteé y vi al animal, detrás de mí, que todavía me perseguía; pero al hacer esto tropecé y caí… Instintivamente me cubrí la cara con las manos esperando su embestida; luego abrí los ojos y asombrosamente ya no había nada… ¡Ya no había ninguna cerda!
Me volví a la esquina de Hilario C. Salas y desde ese lugar vi cómo el animal correteaba por esa calle a los otros cuatro, siempre hacia el norte.
Cuando llegaron al callejón Emiliano Zapata, donde hay escaso alumbrado público, la puerca inexplicablemente desapareció en la oscuridad de la noche.
Nos reagrupamos frente al domicilio de don Gil. Ahí él nos relató que aquella brava marrana seguramente era una bruja nagual, pues se decía en el barrio que en otras ocasiones ya alguien la había atrapado y encadenado para sacrificarla al día siguiente, pero al amanecer sólo habían hallado las cadenas.
Regresamos a nuestros respectivos domicilios. Cuando mi hermano y yo llegamos a nuestro hogar, los cerdos que teníamos empezaron a alborotarse en los chiqueros, como si los estuvieran molestando. Igual sucedió en la casa de Alfredo, en cuanto entró él.
Al día siguiente, doña Zoila Rosas, mamá de Alfredo, nos convenció a su hijo, a mi hermano y a mí para que nos fuéramos a curar de espanto con don Lucas Antonio, en Belisario Domínguez, entre Porvenir y Manuel de la Peña; lo que hicimos aquel mismo día…

Temoyo es parte del origen y desarrollo de Acayucan; de su historia, de su cultura, de su imaginario y de su identidad. El mismo abandono en que ha sido inmerso, las mismas barbaridades hechas en su contra, así como la falta de aprovechamiento del impar espacio para la recreación y la cultura y para magnificar la antigüedad y vida del pueblo, acorde con la personalidad del sitio, son también fragmentos de la historia de Acayucan y sello representativo de la idiosincrasia y el carácter del acayuqueño. Temoyo es un patrimonio del pueblo y para el pueblo, pero éste y sus autoridades, lamentablemente, no han estado a la altura para protegerlo, rescatarlo y valorarlo, sino todo lo contrario.

¿Temoyo es una parte de la historia del pueblo, o el pueblo es parte de la historia de Temoyo? Aquí me asalta de pronto la convicción de que este mismo texto forma parte de la historia de ese legendario lugar.

2 comentarios:

  1. me parece una historia bastante entretenida, me gustaria saber las fuentes de donde emana su investigación pues en la actualidad yo estoy realizando una del mismo sitio, me llamo Darién Alemán, soy estudiante de antropología en la U.V y vecino del barrio cruz verde de la misma localidad de Acayucan, dejo mi correo esperando comentarios. de antemano grácias

    hytorksoul@hotmail.com

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  2. Ejey!!! Así que mi bisabuelo Francisco era un valiente, decidió vivir en donde nadie más quería, cabe destacar que fue comisariado ejidal, y muy ilustre, probablemente producto de tantas horas de lectura. Y no es por presunción pero creo que de donde salí tan aventurero, político y filosófo. :D

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